Tres, si no cuatro, vidas diferentes tiene el padre Bartolomeu Lourenço, y una sólo cuando duerme, que incluso soñando diversamente no sabe destrenzar, despierto ya, si en el sueño fue el cura que sube al altar y dice canónicamente la misa, si el académico tan estimado que va de incógnito el rey a oír su sermón tras un repostero, en el vano de la puerta, si el inventor de la máquina de volar o de los varios modos de achicar sin gente las naos que hacen agua, si ese otro hombre conjunto, lleno de miedos y de dudas, que es predicador en la iglesia, erudito en la academia, cortesano en palacio, visionario y hermano de gente mecánica y plebeya en San Sebastián da Pedreira, y que vuelve ansiosamente al sueño para reconstruir una frágil, precaria unidad, fragmentada apenas se abren sus ojos, que ni precisa estar en ayunas como Blimunda. Había abandonado la lectura consabida de los doctores de la Iglesia, de los canonistas, de las formas variantes de la escolástica sobre esencia y persona como si tuviera ya extenuada el alma de palabras, pero como el hombre es el único animal que habla y lee, cuando le enseñan, aunque entonces le falten aún muchos años para ascender a hombre, examina por menudo y estudia el padre Bartolomeu Lourenço el Viejo Testamento, sobre todo los cinco primeros libros, el Pentateuco, por los judíos llamado Tora, y el Corán. Dentro del cuerpo de cualquiera de nosotros podría Blimunda ver los órganos, y también las voluntades, pero no puede leer los pensamientos, ni ella los entendería, ver a un hombre pensando, como en un pensamiento solo, tan opuestas y enemigas verdades, y con eso no perder el juicio, ella si lo viera, él porque tal piensa.