Al cabo de una hora se levantó Scarlatti del clavicordio, lo cubrió con una lona y dijo luego, hablando con Baltasar y Blimunda, que habían interrumpido su trabajo, Si la passarola del padre Bartolomeu de Gusmão llega a volar un día, me gustaría ir en ella y tocar en el cielo, y Blimunda respondió, Si vuela la máquina, todo el cielo será música, y Baltasar, acordándose de la guerra, Si no es infierno todo el cielo. No saben estos dos leer ni escribir, y, pese a ello, dicen cosas como éstas, imposibles en tal tiempo y lugar, si todo tiene su explicación, busquemos ésta, y si ahora no la encontramos, otro día será. Muchas veces volvió Scarlatti a la quinta del duque de Aveiro, no siempre tocaba, pero en ciertas ocasiones pedía que no se interrumpieran los trabajos ruidosos, la fragua rugiendo, el mazo retumbando en el yunque, el agua hirviendo en la tinaja, apenas se oía el clavicordio en medio de aquel gran clamor del cobertizo, y sin embargo el músico encadenaba serenamente su música, como si lo rodeara el gran silencio del espacio donde deseaba tocar un día.

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