Busca cada cual, por su propio camino, la gracia, sea ella lo que fuere, un simple paisaje con un poco de cielo encima, una hora del día o de la noche, dos árboles, tres si son los de Rembrandt, un murmullo, véase este cura que anda sacando de sí a un Dios y poniendo otro sin saber qué provecho habrá en el cambio, y, si provecho hay, quién se va a aprovechar al fin de él, véase este músico que no sabría componer otra música que no sea ésta, que no estará vivo de aquí a cien años para oír la primera sinfonía del hombre, erradamente llamada Novena, véase a este soldado manco que, por ironía del azar, es fabricante de alas, sin haber pasado nunca de la infantería, alguna vez sabe el hombre lo que le espera, éste menos que cualquier otro, véase esta mujer de ojos excesivos, que ha nacido para descubrir voluntades, no pasaban de menudencias e insignificancias sus demostraciones de tumor, feto estrangulado y moneda de plata, ahora sí, ahora se verán las obras mayores de su destino, cuando el padre Bartolomeu Lourenço llegue a la quinta de San Sebastián da Pedreira y diga, Blimunda, está Lisboa atormentada por una peste, muere gente en todas las casas, creo que no vamos a tener mejor ocasión de recoger las voluntades de los moribundos, si aún las conservan, pero mi deber es decirte que correrás grandes peligros, no vayas si no quieres, ni yo te obligaría aunque obligarte estuviera en mi mano, Qué enfermedad es ésa, Dicen que fue traída por una nave del Brasil y que se manifestó primero en Ericeira. Está cerca mi tierra, dijo Baltasar, y el cura respondió, No hay noticia de que haya muerto gente en Mafra, pero, sobre la enfermedad, por las señales, es vómito negro o fiebre amarilla, el nombre poco importa, el caso es que mueren como tordos, qué decides tú, Blimunda. Se levantó Blimunda del desmochado donde estaba sentada, alzó la tapa del arca y de allí dentro sacó el frasco de vidrio, cuántas voluntades habría allí, tal vez unas cien, casi nada para lo que necesitaban, e incluso así había sido una larga y difícil caza, mucho ayuno, a veces perdida en un laberinto, dónde está la voluntad, que no la veo, sólo vísceras y huesos, la red agónica de los nervios, el mar de sangre, la comida pastosa en el estómago, el excremento final, Irás, preguntó el cura, Iré, respondió ella, Pero no sola, dijo Baltasar.

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