Tras haber comido se acostaron sobre el casco de la máquina, cubiertos con la capa de Baltasar y una lona que sacaron del arca, y Blimunda murmuró, El padre Bartolomeu Lourenço está enfermo, no parece el mismo hombre, Hace mucho tiempo que no es el mismo hombre, qué le vamos a hacer, Y nosotros, qué haremos, No sé, a ver si él toma mañana una resolución. Oyeron que el cura se levantaba, que arrastraba los pies por los matojos, lo oyeron murmurar, con eso se tranquilizaron, lo peor era el silencio, y, pese al frío y a la incomodidad, se queda ron dormidos, pero no profundamente. Soñaban ambos que viajaban por el aire, Blimunda en un coche tirado por caballos alados, Baltasar cabalgando un toro que llevaba una manta de fuego, de repente los caballos perdieron las alas y se prendió fuego en la mecha y empezaron a estallar los cohetes, y en la aflicción de la pesadilla despertaron ambos, no habían dormido mucho, había una luz como si el mundo estuviera ardiendo, era el cura que, con una rama encendida prendía fuego a la máquina, estaba estallando ya el casco de mimbres, y de un salto Baltasar se puso en pie, y echándole los brazos a la cintura intentó alejarlo, pero el cura se resistía, de modo que Baltasar lo apartó con violencia, lo tiró al suelo, apagó la rama con los pies mientras Blimunda golpeaba con la lona las llamas que habían prendido ya en los matorrales y ahora, poco a poco, se dejaban apagar. Vencido y resignado, se levantó el cura. Baltasar cubría la hoguera con tierra. Apenas conseguían verse en la oscuridad. Blimunda preguntó en voz baja, en un tono neutro, como si conociera de antemano la respuesta, Por qué ha prendido fuego a la máquina, y Bartolomeu Lourenço respondió, en el mismo tono, como si hubiera estado esperando la pregunta, Si he de arder en una hoguera, al menos que sea en ésta. Se alejó hacia la espesura que se alzaba por el lado del declive, lo vieron bajar rápidamente, y en la siguiente mirada, ya no estaba, alguna necesidad urgente del cuerpo, si es que aún las tiene un hombre que ha querido prender fuego a un sueño. Pasaba el tiempo y el cura no volvía. Baltasar fue a buscarlo. No estaba. Lo llamó, no tuvo respuesta. Empezaba a salir la luna cubriéndolo todo de alucinaciones y de sombras, y Baltasar sintió que se le erizaban los pelos de la cabeza y de todo el cuerpo. Pensó en hombres-lobo, en espectros de hechura y porte vario, quizás andaban por allí almas en pena, creyó firmemente que el cura había sido llevado por el diablo en persona, y antes de que el mismo diablo apareciera allí para llevárselo perneando también, rezó un padrenuestro a San Egidio, auxiliar e intercesor en casos y situaciones de pánico, epilepsia, locura y temores nocturnos. Quizá el santo oyó la invocación, al menos no vino el diablo a buscar a Baltasar, pero los temores no se disiparon, de repente, toda la tierra empezó a murmurar, o al menos eso parecía, quizá por efecto de la luna, mejor santa me será Sietelunas, por eso volvió a ella, temblando aún de susto, Ha desaparecido, y Blimunda dijo, Se fue, no volveremos a verlo.