Durmieron mal aquella noche. El padre Bartolomeu Lourenço no volvió. Al amanecer, cuando estaba a punto de salir el sol, dijo Blimunda, Si no tiendes la vela, si no tapas bien tapadas las bolas de ámbar, la máquina se irá sola, ni siquiera precisa de alguien que la gobierne, y quizá fuera mejor dejarla ir, a lo mejor se encontraba en algún lugar de la tierra o del cielo con el padre Bartolomeu Lourenço, y Baltasar respondió, con cierta violencia, O en el infierno, la máquina se queda donde está, y fue a extender la lona embreada, cubriendo de sombra el ámbar, pero no quedó satisfecho, la vela podía desgarrarse, ser apartada por el viento. Con el cuchillo cortó ramas de los brezales, cubrió con ellas la máquina y, pasada una hora, ya claro el día, quien de lejos mirara en aquella dirección no vería más que un montón de ramas en medio de un espacio de matorral enano, no queda mal así, lo malo será cuando las ramas se sequen. De lo que sobró de la víspera almorzó Baltasar un poco, Blimunda antes, es siempre la primera en comer, cerrados los ojos, ya lo recordamos, hoy hasta esconderá la cabeza bajo la capa de Baltasar. Ya no tienen nada que hacer aquí, Y ahora qué, preguntó uno, y el otro respondió, Ya no tenemos nada que hacer aquí, Entonces vámonos, Bajaremos por el sitio por donde el padre Bartolomeu Lourenço desapareció, tal vez encontremos el rastro. Durante toda la mañana buscaron por aquel lado de la sierra mientras iban bajando, grandes montes redondos y silenciosos, ni nombre tendrían, y no descubrieron ni rastro del cura, ni una huella, ni un andrajo negro desgarrado por los espinos, parecía como si el cura hubiera desaparecido en el aire, dónde estará, Y ahora, qué hacemos, fue la pregunta de Blimunda, Ahora seguimos hacia delante, el sol está más allá, a la derecha queda el mar, llegando a un sitio habitado sabremos dónde estamos, qué sierra es ésta, por si algún día queremos volver, Ésta es la sierra del Barregudo, les dijo un pastor, cuando llevaban andada una legua, y aquel monte de allí, muy grande, es Monte Junto.
Tardaron dos días en llegar a Mafra, después de un amplio rodeo, para fingir que venían de Lisboa. Andaba una procesión por la calle, todos dando gracias por el prodigio que Dios se había servido hacer mandando a su Espíritu Santo volar por encima de las obras de la basílica.