Vivimos en un tiempo en el que cualquier monja, como si fuera lo más natural del mundo, encuentra en el claustro al Niño Jesús o en el coro a un ángel tocando el arpa, y, si está encerrada en su celda, donde, por mor del secreto, son más corporales las manifestaciones, la atormentan los diablos agitando la cama, y sacudiéndole así los miembros, los superiores de modo que hasta los senos se le agitan, los inferiores, tanto que se estremece y transpira la hendidura de su cuerpo, ventana del infierno, si no puerta del cielo, ésta por estar gozando, aquélla porque gozó, y en todo esto se cree, sin embargo, no puede Baltasar Mateus, llamado Sietesoles, decir, Yo volé de Lisboa al Monte Junto, porque lo tomarían por loco, y eso si hay suerte, porque por tan poco no puede inquietarse el Santo Oficio, lo que sobran son locos en esta tierra barrida por la locura. Del dinero del padre Bartolomeu Lourenço habían vivido Baltasar y Blimunda hasta ahora, añadiéndole las coles y las habichuelas del huerto, un pedazo de carne cuando era tiempo de ella, sardina salada cuando no llegaba fresca, y cuanto se gastaba y comía, era mucho menos para sustentar el cuerpo propio que para alimentar el crecimiento de la máquina voladora, si entonces realmente creían que iba a volar.