Voló la máquina, si se cree tal cosa, y hoy está reclamando el cuerpo su alimento, para esto suben tan alto los sueños, ni siquiera el oficio de carretero puede tomar Sietesoles, fueron vendidos los bueyes, se rompió el carro, si no fuera Dios tan descuidado, los bienes de los pobres serían eternos. Con yunta de bueyes y carro suyo podría Baltasar ir a la veeduría general a ofrecerse para trabajar, y pese a ser manco lo aceptarían. Así, dudarían que fuese él capaz, con una sola mano, de gobernar los animales del rey o de los nobles y otros particulares que, para obtener gracias de la corona, los prestaban, En qué puedo trabajar yo, hermano, preguntó Baltasar a Álvaro Diego, su cuñado, la noche misma del día en que llegaron, moradores ahora todos de la casa paterna, habían acabado de cenar, pero antes oyeron de boca de Inés Antonia, él y Blimunda, el maravilloso caso del paso del Espíritu Santo por encima de la villa, Lo vi yo misma, con estos ojos que ha de comerse la tierra, hermana Blimunda, y lo vio también Álvaro Diego, que estaba en la obra, no es verdad que lo viste, marido, y Álvaro Diego, soplando un tizón de la fogata, respondió que sí, que pasó una cosa por encima de la obra, Fue el Espíritu Santo, insistió Inés Antonia, lo dijeron los frailes a quien quiso oírlo, y tanto fue el Espíritu Santo que hicimos una procesión, en acción de gracias, Pues sería, se resignó el marido, y Baltasar, con los ojos en Blimunda que sonreía, En el cielo hay cosas que no sabemos explicar, y Blimunda devolviéndole la intención, Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres. Junto al lar dormitaba el viejo João Francisco, sin carro ni yunta de bueyes, sin tierra ni Marta María, parecía ajeno a la charla, pero dijo, e inmediatamente se ausentó de nuevo hacia sus sueños, En el mundo no hay más que muerte y vida, se quedaron todos a la espera del resto, por qué los viejos callan cuando debieran seguir hablando, de ahí que los jóvenes tienen que aprenderlo todo desde el principio. Hay aquí otro durmiendo, por eso no podría hablar aunque, si estuviese despierto, tal vez no se lo permitieran, porque sólo tiene doce años, puede la verdad estar en boca de niños, pero, para decirla, tienen primero que crecer, y entonces empiezan a mentir, éste es el hijo que quedó, llega por la noche deshecho del trabajo, andamio arriba, andamio abajo, acaba de cenar y se queda dormido, Queriendo, hay trabajo para todos, dice Álvaro Diego, puedes ir de peón y llevar piedras con la carretilla, basta tu gancho para sostener el varal, así son los tropezones de la vida, uno va a la guerra, vuelve de allá lisiado, vuela luego por artes misteriosas, confidenciales, y, al fin, si quiere ganar el pobre pan de cada día, ya ven, y puede darse por satisfecho, que hace mil años no fabricaban ganchos como éste para servir de mano, qué pasará de aquí a otros mil.