Por la mañana, muy temprano, partieron Baltasar y Álvaro Diego, más el chiquillo, está la casa de los Sietesoles, como ya dijimos, muy cerca de la iglesia de San Andrés y del palacio de los vizcondes, viven aquí en la parte más antigua de la villa, aún se ven los restos del castillo que los moros levantaron en sus tiempos, por la mañana temprano salieron, van encontrando por el camino a otros hombres de la tierra, gente a quien Baltasar conoce, todos camino de la obra, por eso, tal vez, están abandonados los campos, no bastan viejos y mujeres para trabajarlos y, como Mafra está en el fondo de un valle, tienen aquéllos que subir por senderos que ya no son los de antes, los cubrieron los escombros que arrojan desde el alto de la Vela. Mirando desde abajo, lo que de paredes se ve no promete ninguna torre de Babel, y, llegando más al pie de la vertiente, la construcción se oculta por completo, siete años llevan trabajando en esto, a este paso ni en el día del juicio, y entonces no valdrá la pena, La obra es grande, dice Álvaro Diego, cuando estés allí lo verás, y Baltasar, que se desdeña de canteros y picapedreros, tiene que callarse, no tanto por la cantería ya erguida, sino por la multitud de hombres que cubren el tajo, es un hormiguero de gente que acude de todas partes, si todos han venido a trabajar, entonces me muerdo la lengua, he hablado antes de tiempo. El chiquillo los ha dejado ya, fue a su trabajo, a carretar cubos de cal, y los dos hombres atraviesan la explanada hacia la izquierda, van a la veeduría, dirá Álvaro Diego que éste es mi cuñado, natural y vecino de Mafra, que ha vivido muchos años en Lisboa, pero ahora ha vuelto definitivamente a casa de su padre y quiere trabajo, no es que sea muy fuerte la recomendación, pero en fin Álvaro Diego está aquí desde los primeros días, es un operario capaz y cumplidor, y una ayuda siempre sirve. Baltasar abre la boca asombrado, viene de una aldea y entra en una ciudad, bien está que Lisboa sea lo que es, no podría ser menos la cabeza de un reino, no sólo señor de Algarve, que está cerca y es pequeño, sino también de otras partes grandes y distantes que son Brasil, África y la india, más un montón de sitios sueltos dispersos por el mundo, bien está, digo, que sea Lisboa aquella desmedida confusión, pero este ayuntamiento enorme de cobertizos y casas de muchos y muy variados tamaños es cosa en la que sólo cree uno si la ve de cerca, cuando hace tres días sobrevoló Sietesoles este lugar, llevaba tan agitada el alma que le pareció ilusión de los sentidos el caserío y la urbanización, y poco mayor que una capilla la iniciada basílica. Si Dios, que desde allá arriba lo ve todo, lo ve tan mal como lo vio él, entonces más le valía andar por el mundo, por su propio y divino pie, se ahorraban intermediarios y recados que nunca son de fiar, empezando por los ojos naturales, que ven pequeño a lo lejos lo que de cerca es grande, salvo si usa Dios anteojos como los del padre Bartolomeu Lourenço, ojalá me estuviera viendo ahora, si me dan trabajo o no.