Álvaro Diego se fue a lo suyo, poner piedra sobre piedra, si tardara más perdería un cuarto, gran perjuicio, ahora tiene Baltasar que acabar de convencer al escribano de la matrícula de que tanto vale un gancho de hierro como una mano de carne y hueso, pero el matriculador duda, no puede cargar con aquella responsabilidad, y pregunta dentro, qué pena que no pueda Baltasar presentar una credencial de constructor de aeronaves, o al menos explicar que anduvo en guerras, a ver si eso le servía de algo, han pasado ya catorce años, vivimos felizmente en paz, por qué tiene que venir éste ahora hablándonos de guerras, las guerras acabadas son como si nunca hubieran ocurrido. Volvió el matriculador, viene con buena cara, Cómo te llamas, y agarra la pluma de pato, la moja en la tinta parda, valió la pena que hablara Álvaro Diego, o por ser de la tierra el pretendiente, o por estar aún en la fuerza de la vida, treinta y nueve años, aunque con algunas canas, o simplemente porque, habiendo pasado por aquí hace tres días el Espíritu Santo, se podría ofender Dios si se negaba trabajo a quien lo pide, Cómo te llamas, Baltasar Mateus, de mote Sietesoles, Puedes venir a trabajar el lunes, empezarás la semana, vas a las carretillas. Baltasar dio las gracias como debía al matriculador y salió de la veeduría general, ni triste ni alegre, un hombre debe ser capaz de ganarse el pan de cualquier manera y en cualquier lugar, pero si ese pan no le alimenta también el alma, se satisface el cuerpo, el alma padece.