Sabía ya Baltasar que el lugar donde se encontraba era conocido por el nombre de Isla de Madeira, y bien puesto estaba el nombre, porque, fuera de unas pocas casetas de obra y cal, todo lo demás era tablado, pero construido para durar. Había talleres de herreros, bien podía Baltasar haber mencionado su experiencia en la fragua, uno no va a acordarse de todo, y de otras artes de las que nada sabía, más tarde llegarán los latoneros, los vidrieros, los pintores y muchos más. Muchas de aquellas casas de madera tenían piso alto, abajo se acomodaban las mulas y los bueyes, arriba las personas de cierta distinción, los capataces, los matriculadores, y otros señores de la veeduría general, y oficiales de guerra que gobernaban a los soldados. A esta hora de la mañana salían de las cuadras los bueyes y las mulas, otros habrían sido llevados más temprano, el suelo estaba empapado de orines y boñigas, y como en Lisboa, en la procesión del Corpus, los chiquillos corrían entre la gente y el ganado, se empujaban con violencia, y uno de ellos, queriendo huir de otro, cayó y fue rodando hasta parar bajo una yunta de bueyes, pero no lo pisaron, estaba allí el ángel custodio, se libró de una buena, sin más daño que quedar todo sucio de bosta y maloliente. Baltasar se rió como los otros, la obra tenía sus amenidades. Y su guardia también. Pasaban unos veinte soldados de infantería armados como para la guerra, serán maniobras, o irán a Ericeira, a rechazar un desembarco de piratas franceses, tantas veces lo intentan que un día van a aparecer por ahí abajo, muchos y muchos años después de estar concluida esta Babel, entrará Junot en Mafra, donde en el convento quedan sólo unos veinte frailes viejos, barrigones, y mandando avanzar al coronel Delagarde, o capitán, es igual, quiso éste entrar en el palacio y encontró la puerta cerrada, de modo que mandó llamar a fray Félix de Santa María da Arrábida, que era el guardián, pero el pobrecillo no tenía las llaves, que se las había llevado la familia real cuando escapó, y entonces el pérfido Delagarde, pérfido le llama el historiador, le soltó un tortazo al pobre fraile, el cual, oh evangélica mansedumbre, oh lección divina, le ofrece incontinenti la otra mejilla, si cuando Baltasar perdió la mano izquierda en Jerez de los Caballeros hubiera ofrecido la derecha, no podría ahora sostener los varales de la carretilla. Y, hablando de caballeros, también por allí pasan caballeros, armados como los infantes que están en la explanada, ahora se ve, colocando centinelas, no hay nada como trabajar con guardia a la vista.

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