En estos grandes barracones de madera duermen los hombres, en cada uno al menos doscientos, y desde aquí donde está no puede contar Baltasar los barracones todos, llegó a cincuenta y siete y se perdió, sin hablar de que a lo largo de estos años no ha mejorado en aritméticas, lo mejor sería ir con un balde de cal y una brocha, señal aquí, señal en este otro, señal en aquél, para no repetirse ni fallar, como quien pone cruces de San Lázaro en las puertas por el mal de la piel. En una estera o en un camarote como éstos dormiría Baltasar si no tuviera casa en Mafra y mujer para dormir acompañado, pobre gente ésta, venida de lejos, se dice que un hombre no es de palo, mucho peor y más costoso de aguantar es precisamente cuando se arma el palo en el hombre, seguro que no van a bastar las viudas de Mafra para satisfacer tanta urgencia, como será. Dejó Baltasar los barracones de acomodo y fue a ver el campamento militar, allí le dio un salto el corazón, tantas tiendas de campaña, fue como si el tiempo hubiera desandado, tal vez parezca imposible, pero hay momentos en los que un soldado retirado del servicio puede sentir añoranza hasta de la guerra, a Baltasar no es la primera vez que le pasa. Ya le había dicho Álvaro Diego que había en Mafra muchos soldados, unos para ayudar en los trabajos de minas y explosión de las cargas de pólvora, otros para guardar a los trabajadores y castigar los desórdenes, y, a juzgar por el número de tiendas de campaña, los muchos eran millares. Está un poco aturdido Sietesoles, qué nueva Mafra es ésta, cincuenta casas allá abajo, quinientas aquí arriba, sin hablar ya de otras diferencias, como esta hilera de casas de comida, barracones casi tan grandes como los dormitorios, con mesas y bancos corridos, sujetos al suelo, y largos mostradores, ahora no se ve gente por aquí, pero a media mañana se ponen al fuego los calderos para el almuerzo y, cuando la corneta toca a rancho, hay una carrera general por ver quién llega primero, vienen sucios como estaban en la obra, es una algazara ensordecedora, amigos llamando a amigos, siéntate aquí, guárdame el sitio, se sientan carpinteros con carpinteros, canteros con canteros, cavadores con cavadores, y la plebe del peonaje se acomoda allá en la punta, cada uno con su igual, menos mal que Baltasar va a comer a casa, con quién iba a hablar, si de carretillas nada sabe y de aviones es su único saber.