їQuй ocurrirнa ahora con esos cincuenta y tres compatriotas? їRespetarнa el alto mando militar alemбn los compromisos y permitirнa que la pequeсa Brigada se man tuviera unida y aislada en el campo de Zossen? No era seguro. En sus discusiones con el capitбn Rudolf Nadolny, en Berlнn, Roger advirtiу el desprecio que los militares alemanes tenнan por ese ridнculo contingente de apenas medio centenar de hombres. Quй diferente su actitud al principio, cuando, dejбndose convencer por el entusiasmo de Casement, apoyaron su iniciativa de reunir a todos los prisioneros irlandeses en el campo de Limburg, suponiendo que, una vez que les hablara, cientos de ellos se enrolarнan en la Brigada Irlandesa. ЎQuй fracaso y quй decepciуn! La mбs dolorosa de su vida. Un fracaso que lo dejaba en el ridнculo y hacнa trizas sus sueсos patriуticos. їEn quй se equivocу? El capitбn Robert Monteith creнa que su error fue hablar a los 2.200 prisioneros juntos, en vez de hacerlo por grupos pequeсos. Con veinte o treinta hubiera sido posible un diбlogo, responder objeciones, aclarar lo que les resultaba confuso. Pero ante una masa de hombres adoloridos por su derrota y la humillaciуn de sentirse prisioneros їquй podнa esperar? Sуlo entendieron que Roger les pedнa aliarse con sus enemigos de ayer y de ahora, por eso reaccionaron con tanta beligerancia. Habнa muchas maneras de interpretar su hostilidad, sin duda. Pero ninguna teorнa podнa borrar la amargura de verse insultado, llamado traidor, amarillo, cucaracha, vendido, por esos compatriotas a quienes йl habнa sacrificado su tiempo, su honor y su futuro. Recordу las bromas de Herbert Ward cuando, burlбndose de su nacionalismo, lo exhortaba a volver a la realidad y salir de ese «sueсo del celta» en el que se habнa encastillado.

La vнspera de su partida de Alemania, el 11 de abril de 1916, Roger escribiу una carta al canciller imperial Theobald von Bethmann-Hollweg, recordбndole los tйrminos del acuerdo firmado entre йl y el Gobierno alemбn sobre la Brigada Irlandesa. Segъn lo acordado, los brigadistas sуlo podнan ser enviados a combatir por Irlanda y en ningъn caso utilizados como mera fuerza de apoyo del Ejйrcito alemбn en otros escenarios de la guerra. Asimismo, se estipulaba que si la contienda no concluнa con una victoria de Alemania, los soldados de la Brigada Irlandesa debнan ser enviados a los Estados Unidos o a un paнs neutral que los acogiera y de ningъn modo a Gran Bretaсa, donde serнan sumariamente ejecutados. їCumplirнan los alemanes con estos compromisos? La incertidumbre volvнa una y otra vez a su mente desde que fue capturado. їY si, apenas partieron йl, Monteith y Bailey rumbo a Irlanda, el capitбn Rudolf Nadolny disolviу la Brigada Irlandesa y enviу de nuevo a sus integrantes al campo de Limburg? Vivirнan entre insultos, discriminados por los otros prisioneros irlandeses y corriendo el riesgo diario de ser linchados.

—Yo hubiera querido que me devolvieran sus res tos —volviу a sobresaltarlo la voz adolorida del sheriff—. Para hacerle un entierro religioso, en Hastings, donde na ciу, como yo, mi padre y mi abuelo. Me contestaron que no. Que, por las circunstancias de la guerra, la devoluciуn de sus restos era imposible. їUsted entiende eso de «circunstancias de la guerra»?

Roger no contestу porque comprendiу que el carcelero no estaba hablando con йl, sino consigo mismo a travйs de йl.

—Yo sй muy bien lo que quiere decir —prosiguiу el sheriff—. Que no queda resto alguno de mi pobre hijo. Que una granada o un mortero lo pulverizу. En ese conde nado sitio, Loos. O que lo echaron a una fosa comъn, con otros soldados muertos. Nunca sabrй dуnde estб su tumba para ir a echarle unas flores y una oraciуn de vez en cuando.

—Lo principal no es la tumba sino la memoria, sheriff —dijo Roger—. Eso es lo que cuenta. A su hijo, allн donde estй ahora, lo que le importa es saber que usted lo recuerda con tanto cariсo y nada mбs.

La sombra del sheriff habнa hecho un movimiento de sorpresa al oнr a Casement. Tal vez habнa olvidado que estaba en la celda y a su lado.

—Si supiera dуnde estб su madre, habrнa ido a verla, a darle la noticia y a que lo llorбramos juntos —dijo el sheriff—. No le guardo ningъn rencor a Hortensia por haberme abandonado. Ni siquiera sй si sigue viva. Nunca se dignу preguntar por el hijo que abandonу. No era mala sino medio loca, ya se lo dije.

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