Cuando, el 10 de diciembre, el Atahualpa atracу en el puerto de Manaos al atardecer, Roger ya habнa deja do atrбs el desaliento y recuperado su energнa y su capacidad de trabajo. Los catorce barbadenses ya estaban en la ciudad. La mayorнa habнa decidido no regresar a Barbados sino aceptar contratos de trabajo en el ferrocarril Madeira-Mamorй, que ofrecнa buenas condiciones. El resto continuу viaje con йl hasta Parб, donde el barco atracу el 14 de diciembre. Aquн Roger buscу una nave que fuera a Barba dos y embarcу en ella a los barbadenses y a Omarino y Arйdomi. Encargу йstos a Frederick Bishop, para que en Bridgetown los llevara al reverendo Frederick Smith, con instrucciones de que los matriculara en el colegio de los jesuitas donde, antes de continuar viaje a Londres, recibieran una mнnima formaciуn que los preparara para hacer frente a la vida en la capital del Imperio britбnico.

Luego, buscу y encontrу un barco que lo llevara a Europa. Hallу el SS Ambrose, de la Booth Line. Como sуlo zarparнa el 17 de diciembre, aprovechу esos dнas para visitar los lugares que frecuentу cuando fue cуnsul britбnico en Parб: bares, restaurantes, el Jardнn Botбnico, el inmenso mercado abigarrado y variopinto del puerto. No tenнa ninguna nostalgia de Parб, pues su estancia no habнa sido feliz aquн, pero reconociу la alegrнa que transpiraba la gente, la apostura de las mujeres y de los muchachos ociosos que se paseaban exhibiйndose en los malecones que daban al rнo. Una vez mбs se dijo que los brasileсos tenнan con su cuerpo una relaciуn saludable y feliz, muy distinta de la de los peruanos, por ejemplo, quienes, al igual que los ingleses, parecнan sentirse siempre incуmodos con su fнsico. En cambio, aquн, lo lucнan con descaro, sobre todo quienes se sentнan jуvenes y atractivos.

El 17 zarpу en el SS Ambrose y en el viaje decidiу que, como este barco llegarнa al puerto francйs de Cherburgo los ъltimos dнas de diciembre, desembarcarнa allн y tomarнa el tren a Parнs, para pasar el Aсo Nuevo con Herbert Ward y Sarita, su mujer. Regresarнa a Londres el primer dнa ъtil del prуximo aсo. Serнa una experiencia lustral pasar un par de dнas con esa pareja amiga, culta, en su hermoso estudio repleto de esculturas y recuerdos Africanos, hablando de cosas bellas y elevadas, arte, libros, teatro, mъsica, lo mejor que habнa producido ese contradictorio ser humano que era tambiйn capaz de tanta maldad como la que reinaba en las caucherнas de Julio C. Arana en el Putumayo.

XI

Cuando el sheriff gordo abriу la puerta de su celda, entrу y sin decir nada se sentу en la esquina del camastro donde estaba tendido, Roger Casement no se sorprendiу. Desde que, violando el reglamento, el sheriff le habнa permitido tomar una ducha, sentнa, sin que hubiera mediado palabra entre ambos, un acercamiento entre йl y el carcelero y que йste, acaso sin darse cuenta, acaso a pesar de sн mismo, habнa dejado de odiarlo y tenerlo por responsable de la muerte de su hijo en las trincheras de Francia.

Era la hora del crepъsculo y la pequeсa celda estaba casi a oscuras. Roger, desde el camastro, veнa la silueta en sombra del sheriff ancha y cilнndrica, muy quieta. Lo sentнa jadear hondo, como exhausto.

—Tenнa pies planos y hubiera podido librarse de ir a filas —lo oyу salmodiar, traspasado de emociуn—. En el primer centro de reclutamiento, en Hastings, cuan do le examinaron los pies, lo rechazaron. Pero йl no se resignу y volviу a presentarse en otro centro. Querнa ir a la guerra. їSe ha visto semejante locura?

—Amaba a su paнs, era un patriota —dijo Roger Casement, bajito—. Usted tendrнa que estar orgulloso de su hijo, sheriff.

—De quй me sirve que fuera un hйroe, si ahora estб muerto —repuso el carcelero, con voz lъgubre—. Era lo ъnico que tenнa en el mundo. Ahora, es como si yo tambiйn hubiera dejado de existir. A ratos pienso que me he vuelto un fantasma.

Le pareciу que, en las sombras de la celda, el sheriff gemнa. Pero tal vez era una falsa impresiуn. Roger recordу a los cincuenta y tres voluntarios de la Brigada Irlandesa que quedaron allб, en Alemania, en el pequeсo campo militar de Zossen, donde el capitбn Robert Monteith los habнa entrenado en el uso de fusiles, ametralladoras, tбcticas y maniobras militares, procurando mantenerles en alto la moral pese a las circunstancias inciertas. Y las preguntas que se habнa hecho mil veces volvieron a atormentarlo. їQuй habrнan pensado cuando desapareciу sin despedirse al igual que el capitбn Monteith y el sargento Bailey? їQuй eran unos traidores? їQuй, despuйs de embarcarlos en esa aventura temeraria, se mandaban mudar, ellos sн, a luchar a Ir landa, y los dejaban rodeados de alambradas, en manos de los alemanes y odiados por los prisioneros irlandeses de Limburg, que los consideraban unos trбnsfugas y desleales con sus compaсeros muertos en las trincheras de Flandes?

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги