Una vez mбs se dijo que su vida habнa sido una contradicciуn permanente, una sucesiуn de confusiones y enredos truculentos, donde la verdad de sus intenciones y comportamientos quedaba siempre, por obra del azar o de su propia torpeza, oscurecida, distorsionada, trastrocada en mentira. Esos cincuenta y tres patriotas, puros e idea listas, que habнan tenido el coraje de enfrentarse a dos mil y pico de sus compaсeros del campo de Limburg e inscribirse en la Brigada Irlandesa para luchar «junto a, pero no dentro de» el Ejйrcito alemбn por la independencia de Ir landa, nunca sabrнan de la pelea titбnica que habнa librado Roger Casement con el alto mando militar alemбn para impedir que los despacharan a Irlanda en el Aud junto con los veinte mil fusiles que enviaba a los Voluntarios para el Alzamiento de Semana Santa.

—Yo tengo la responsabilidad de esos cincuenta y tres brigadistas —le dijo Roger al capitбn Rudolf Nadolny, encargado de asuntos irlandeses en la Jefatura Militar en Berlнn—. Yo los exhortй a desertar del Ejйrcito britбnico. Para la ley inglesa son traidores. Serбn ahorcados de inmediato si la Royal Navy los captura. Algo que ocurrirб, irremediablemente, si el Alzamiento tiene lugar sin el apoyo de una fuerza militar alemana. No puedo enviar a la muerte y la deshonra a esos compatriotas. Ellos no irбn a Irlanda con los veinte mil fusiles.

No habнa sido fбcil. El capitбn Nadolny y los oficiales del alto mando militar alemбn trataron de hacerlo ceder con un chantaje.

—Muy bien, comunicaremos de inmediato a los dirigentes de los Irish Volunteers en Dublнn y en Estados Unidos que, en vista de la oposiciуn del seсor Roger Casement al Alzamiento, el Gobierno alemбn suspende el envнo de los veinte mil fusiles y los cinco millones de municiones.

Fue preciso discutir, negociar, explicar, conservan do siempre la calma. Roger Casement no se oponнa al Alzamiento, sуlo a que los Voluntarios y el Ejйrcito del Pueblo se suicidaran, lanzбndose a pelear contra el Imperio britбnico sin que los submarinos, zepelines y comandos del Kбiser distrajeran a las Fuerzas Armadas britбnicas y les impidieran aplastar brutalmente a los rebeldes, retrasando de este modo vaya usted a saber cuбntos aсos la independencia de Irlanda. Los veinte mil fusiles eran in dispensables, por supuesto. El mismo irнa con esas armas a Irlanda y explicarнa a Tom Clarke, Patrick Pearse, Joseph Plunkett y demбs lнderes de los Voluntarios las razones por las que, a su juicio, el Alzamiento debнa aplazarse.

Al final, lo consiguiу. El barco con el armamento, el Aud, partiу, y Roger, Monteith y Bailey zarparon tambiйn en un submarino hacia Eire. Pero los cincuenta y tres brigadistas se quedaron en Zossen, sin entender nada, preguntбndose sin duda por quй esos mentirosos se fueron a pelear a Irlanda y los dejaron aquн, despuйs de haberlos entrenado para una acciуn de la que ahora los privaban sin explicaciуn alguna.

—Cuando el pequeсo naciу, su madre se largу y nos abandonу a los dos —dijo de pronto la voz del sheriff y Roger dio un brinco en el camastro—. Nunca mбs supe de ella. De modo que tuve que convertirme en una madre y un padre para el niсo. Se llamaba Hortensia y era medio loca.

Habнa oscurecido totalmente en la celda. Roger no veнa ya la silueta del carcelero. Su voz sonaba muy cercana y mбs parecнa el lamento de un animal que una expresiуn humana.

—Los primeros aсos casi todo el salario se me iba en pagos a una mujer que lo amamantara y lo criara —pro siguiу el sheriff—. Todo mi tiempo libre lo pasaba con йl. Siempre fue un chico dуcil y afable. Nunca uno de esos muchachos que cometen diabluras como robar y emborracharse y enloquecen a sus padres. Estaba de aprendiz en una sastrerнa, bien considerado por su jefe. Hubiera podido hacer carrera allн, si no se le metнa en la cabeza alistarse, pese a sus pies planos.

Roger Casement no sabнa quй decirle. Lo apenaba el sufrimiento del sheriff y hubiera querido consolarlo, pero їquй palabras podнan aliviar el dolor animal de este pobre hombre? Hubiera querido preguntarle su nombre y el de su hijo muerto, de este modo los sentirнa a ambos mбs cerca, pero no se atreviу a interrumpirlo.

—Recibн dos cartas suyas —prosiguiу el sheriff—. La primera, durante su entrenamiento. Me decнa que le gustaba la vida en el campamento y que, al terminar la guerra, tal vez se quedarнa en el Ejйrcito. Su segunda carta era muy distinta. Muchos pбrrafos habнan sido tachados con tinta negra por el censor. No se quejaba, pero habнa cierta amargura, incluso algo de miedo, en lo que escribнa. Nunca mбs tuve noticias de йl. Hasta que llegу una carta de duelo del Ejйrcito, anunciбndome su muerte. Que habнa tenido un fin heroico, en la batalla de Loos. Nunca oн hablar de ese lugar. Fui a ver en un mapa dуnde quedaba Loos. Debe ser un pueblo insignificante.

Por segunda vez Roger sintiу aquel gemido, semejante al ulular de un pбjaro. Y tuvo la impresiуn de que la sombra del carcelero se estremecнa.

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