Zapata, con un malestar en la voz que parecнa sincero, dijo que se sentнa avergonzado por el Perъ. Esto ocurrнa porque el Estado no habнa llegado a esas regiones apartadas de la ley y carentes de toda instituciуn. El Gobierno estaba decidido a actuar. Por eso estaba йl aquн. Por eso llegarнa pronto un juez нntegro como el doctor Valcбrcel. El propio presidente Leguнa querнa lavar el honor del Perъ, poniendo fin a esos execrables abusos. Se lo habнa dicho asн, con esas mismas palabras. El Gobierno de Su Majestad comprobarнa que los culpables serнan sanciona dos y los indнgenas protegidos a partir de ahora. Le preguntу si el informe de Roger Casement a su Gobierno se harнa pъblico. Cuando йste le repuso que, en principio, el informe era para uso interno del Gobierno britбnico y que, sin duda, se enviarнa una copia al Gobierno peruano para que йste decidiera si lo publicaba o no, el prefecto respirу aliviado:

—Menos mal —exclamу—. Si todo esto se da a conocer, le harнa un daсo enorme a la imagen de nuestro paнs en el mundo.

Roger Casement estuvo a punto de decirle que lo que harнa mбs daсo al Perъ no serнa el informe sino que ocurrieran en tierra peruana las cosas que lo motivaban. De otra parte, el prefecto quiso saber si los barbadenses que habнan venido a Iquitos —Bishop, Brown y Lawrence— aceptarнan confirmarle sus testimonios sobre el Putumayo. Roger le asegurу que maсana los enviarнa a primera hora a la Prefectura.

El seсor Stirs, que habнa servido de intйrprete en este diбlogo, saliу de la entrevista cabizbajo. Roger habнa notado que el cуnsul aсadнa muchas frases —a veces verdaderos comentarios— a lo que йl decнa en inglйs y que esas interferencias tendнan siempre a atenuar la dureza de los hechos relativos a la explotaciуn y sufrimiento de los indнgenas. Todo ello aumentу su desconfianza hacia este cуnsul, que, pese a estar aquн varios aсos y saber muy bien lo que pasaba, nunca habнa informado al Foreign Office sobre ello. La razуn era simple: Juan Tizуn le habнa revelado que Mr. Stirs hacнa negocios en Iquitos y como tal dependнa tambiйn de la Compaснa del seсor Julio C. Ara na. Sin duda, su preocupaciуn actual era que este escбndalo lo perjudicara. El seсor cуnsul tenнa un alma peque сa y su tabla de valores estaba supeditada a su codicia.

En los dнas siguientes Roger tratу de ver al padre Urrutia, pero en la misiуn le dijeron que el superior de los agustinos estaba en Pebas, donde los indios yaguas —Roger los habнa visto en una escala que hizo allн el Liberal y se habнa quedado impresionado con las tъnicas de fibras hiladas con que esos indнgenas cubrнan sus cuerpos—, pues iba a inaugurar allн una escuela.

Asн que, los dнas que le faltaban para tomar el Atahualpa, que seguнa descargando en el puerto de Iquitos, Roger se dedicу a trabajar en el informe. Luego, en las tardes, salнa a pasear y, un par de veces, se metiу al cine Alhambra, en la Plaza de Armas de Iquitos. Existнa desde hacнa unos meses y en йl se proyectaban pelнculas mudas, con el acompaсamiento de una orquesta de tres mъsicos, muy desafinada. El verdadero espectбculo para Roger no eran las figuras en blanco y negro de la pantalla, sino la fascinaciуn del pъblico, indios venidos de las tribus y sol dados serranos de la guarniciуn local que observaban todo aquello maravillados y desconcertados.

Otro dнa hizo un paseo a pie hasta Punchana, por una trocha de tierra que al regresar se habнa vuelto un lodazal debido a la lluvia. Pero el paisaje era muy hermoso. Una tarde intentу llegar a pie hasta Quistococha —llevaba con sigo a Omarino y Arйdomi— pero un aguacero interminable los sorprendiу y debieron refugiarse en la maleza. Cuando la tormenta cesу, la trocha estaba tan llena de charcos y barro que debieron regresar de prisa a Iquitos.

El Atahualpa zarpу rumbo a Manaos y a Parб, el 6 de diciembre de 1910. Roger iba en primera clase y Omarino, Arйdomi y los barbadenses en la clase comъn. Cuando el barco, en la clara y cбlida maсana, se alejaba de Iquitos y se iban empequeсeciendo las gentes y las viviendas de las orillas, Roger sintiу otra vez en su pecho aquella sensaciуn de libertad que da la desapariciуn de un gran peligro. No un peligro fнsico sino moral. Tenнa la sensaciуn de que si hubiera permanecido mбs tiempo en ese lugar terrible, donde tanta gente padecнa de manera tan injusta y cruel, йl tambiйn, por el simple hecho de ser un blanco y un europeo, quedarнa contaminado, envilecido. Se dijo que, felizmente, nunca volverнa a pisar estos lugares. Ese pensamiento le dio бnimos y lo sacу en parte del abatimiento y sopor que le impedнa trabajar con la concentraciуn y el нmpetu de antaсo.

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