Lo que explicaba aquellas gravнsimas distracciones era, sin duda, su calamitoso estado fнsico y psicolуgico, destrozado por los mareos, el deterioro de su salud en los ъltimos meses en Alemania y, sobre todo, las preocupaciones y angustias que los acontecimientos polнticos —des de el fracaso de la Brigada Irlandesa hasta haberse entera do de que los Voluntarios y el IRB habнan decidido el Alzamiento militar para la Semana Santa aun cuando no hubiera una simultбnea acciуn militar alemana— afecta ron su lucidez, su equilibrio mental, haciйndole perder reflejos, capacidad de concentraciуn y serenidad. їEran los primeros sнntomas de locura? Ya le habнa ocurrido antes, en el Congo y en la selva amazуnica, ante el espectбculo de las mutilaciones y demбs torturas y atrocidades sin cuento a que eran sometidos los indнgenas por los caucheros. En tres o cuatro ocasiones habнa sentido que lo abandonaban las fuerzas, que lo dominaba una sensaciуn de impotencia frente a la desmesura del mal que advertнa a su alrededor, ese cerco de crueldad e ignominia tan extendido, tan avasallador que parecнa quimйrico enfrentarse a йl y tratar de derribarlo. Quien siente una desmoralizaciуn tan profunda puede cometer distracciones tan graves como las que йl cometiу. Estas excusas lo aliviaban unos instan tes; luego, las rechazaba y el sentimiento de culpa y el remordimiento eran peores.

—He pensado en quitarme la vida —lo hizo sobresaltar de nuevo la voz del sheriff—. Alex era mi ъnica razуn para seguir viviendo. No tengo mбs parientes. Tampoco amigos. Conocidos, apenas. Mi vida era mi hijo. їPara quй seguir en este mundo sin йl?

—Conozco ese sentimiento, sheriff —murmurу Roger Casement—. Y, sin embargo, pese a todo, la vida tiene tambiйn cosas hermosas. Ya encontrarб usted otros alicientes. Todavнa es un hombre joven.

—Tengo cuarenta y siete aсos, aunque parezca mucho mбs viejo —contestу el carcelero—. Si no me he matado, es por la religiуn. Ella lo prohнbe. Pero no estб excluido que lo haga. Si no consigo vencer esta tristeza, esta sensaciуn de vacнo, de que ahora ya nada importa, lo harй. Un hombre debe vivir mientras sienta que la vida vale la pena. Si no, no.

Hablaba sin dramatismo, con tranquila seguridad. Volviу a permanecer quieto y callado. Roger Casement tratу de escuchar. Le pareciу que de alguna parte del exterior llegaban reminiscencias de una canciуn, acaso de un coro. Pero el rumor era tan apagado y tan remoto que no alcanzу a descifrar las palabras ni la tonada.

їPor quй los lнderes del Alzamiento habнan querido evitar que viniera a Irlanda y pidieron a las autoridades alemanas que permaneciera en Berlнn con el ridнculo tнtulo de «embajador» de las organizaciones nacionalistas irlandesas? El habнa visto las cartas, leнdo y releнdo las frases que le concernнan. Segъn el capitбn Monteith, porque los dirigen tes de los Voluntarios y el IRB sabнan que Roger era opuesto a una rebeliуn sin una ofensiva alemana de envergadura que paralizara al Ejйrcito y a la Royal Navy britбnicos. їPor quй no se lo habнan dicho a йl, directamente? їPor quй hacerle llegar esa decisiуn a travйs de las autoridades alemanas? Desconfiaban, tal vez. їCreнan que ya no era de fiar? Acaso habнan dado crйdito a esos chismes estъpidos y descabellados que hizo circular el Gobierno inglйs acusбndolo de ser un espнa britбnico. El no se habнa preocupado lo mбs mнnimo con esas calumnias, siempre supuso que sus amigos y compaсeros comprenderнan que se trataba de operaciones de intoxicaciуn de los servicios secretos britбnicos para sembrar las sospechas y la divisiуn entre los nacionalistas. Acaso alguno, algunos de sus compaсeros se habнan dejado engaсar por esas tretas del colonizador. Bueno, ahora ya se habrнan convencido de que Roger Casement seguнa siendo un luchador fiel a la causa de la independencia de Irlanda.

їQuienes dudaron de su lealtad serнan algunos de los fusila dos en Kilmainham Gaol? їQuй le importaba ahora la comprensiуn de los muertos?

Sintiу que el carcelero se ponнa de pie y se alejaba hacia la puerta de la celda. Oyу sus pasos apagados y re molones, como si arrastrara los pies. Al llegar a la puerta, le oyу decir:

—Esto que he hecho estб mal. Una violaciуn del reglamento. Nadie debe dirigirle a usted la palabra, y yo, el sheriff, menos que nadie. Vine porque no podнa mбs. Si no hablaba con alguien me iba a reventar la cabeza o el corazуn.

—Me alegro que viniera, sheriff —susurrу Casement—. En mi situaciуn, hablar con alguien es un gran alivio. Lo ъnico que siento es no haber podido consolarlo por la muerte de su hijo.

El carcelero gruсу algo que podнa ser una despedida. Abriу la puerta de la celda y saliу. Desde afuera volviу a cerrarla echando llave. La oscuridad era de nuevo total. Roger se ladeу, cerrу los ojos y tratу de dormir, pero sabнa que el sueсo no vendrнa tampoco esta noche y que las horas que faltaban para el amanecer serнan lentнsimas, una interminable espera.

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