La salud de Roger andaba de mal en peor. Desde su regreso de Iquitos, incluso durante los pocos dнas de fin de aсo que pasу en Parнs con los Ward, volviу a atormentarlo la conjuntivitis y rebrotaron las fiebres palъdicas. Tambiйn las hemorroides lo fastidiaban de nuevo, aunque sin las hemorragias de antaсo. Apenas volviу a Londres, en los primeros dнas de enero de 1911, fue a ver a los mйdicos. Los dos especialistas que consultу dictaminaron que su estado era consecuencia de la inmensa fatiga y la tensiуn nerviosa de su experiencia amazуnica. Necesitaba reposo, unas vacaciones muy tranquilas.
Pero no pudo tomarlas. La redacciуn del informe que el Gobierno britбnico requerнa con urgencia y las mъltiples reuniones del Ministerio en las que debiу informar sobre lo que habнa visto y oнdo en la Amazonia, asн como las visitas a la Sociedad contra la Esclavitud, le quitaron mucho tiempo. Asimismo tuvo que reunirse con los directores ingleses y peruanos de la Peruvian Amazon Company, quienes, en la primera entrevista, despuйs de escuchar cerca de dos horas sus impresiones del Putumayo, quedaron petrificados. Las caras largas, las bocas entreabiertas, lo miraban incrйdulos y espantados como si el piso hubiera comenzado a cuartearse bajo sus pies y el techo a derrumbarse sobre sus cabezas. No sabнan quй decir. Se des pidieron sin formularle una sola pregunta.
A la segunda reuniуn de Directorio de la Peruvian Amazon Company asistiу Julio C. Arana. Fue la primera y ъltima vez que Roger Casement lo vio en persona. Habнa oнdo hablar tanto de йl, escuchado a gente tan diversa endiosarlo como se hace con santones religiosos o lнderes polнticos (jamбs con empresarios) o atribuirle crueldades y delitos horrendos —cinismo, sadismo, codicia, avaricia, deslealtad, estafas y pillerнas monumentales— que se quedу observбndolo largo rato, como un entomуlogo a un insecto misterioso todavнa sin catalogar.
Se decнa que entendнa inglйs, pero nunca lo hablaba, por timidez o vanidad. Tenнa a su lado un intйrprete que le iba traduciendo todo al oнdo, en voz muy apagada. Era un hombre mбs bajo que alto, moreno, de rasgos mes tizos, con una insinuaciуn asiбtica en sus ojos algo sesgados y una frente muy ancha, de cabellos ralos y cuidadosamente asentados, con raya en el medio. Llevaba un bigotito y barbilla reciйn escarmenados y olнa a colonia. La leyenda sobre su manнa con la higiene y el atuendo debнa ser ver dad. Vestнa de manera impecable, con un traje de paсo fino cortado acaso en una sastrerнa de Savile Row. No abriу la boca mientras los otros directores, esta vez sн, interrogaban a Roger Casement con mil preguntas que, sin duda, les habнan preparado los abogados de Arana. Intentaban hacerlo caer en contradicciones e insinuaban equнvocos, exageraciones, susceptibilidades y escrъpulos de un euro peo urbano y civilizado que se desconcierta ante el mundo primitivo.
Mientras les respondнa, y aсadнa testimonios y precisiones que agravaban lo que les habнa dicho en la primera reuniуn, Roger Casement no dejaba de lanzar miradas a Julio C. Arana. Quieto como un нdolo, no se movнa de su asiento y ni siquiera pestaсeaba. Su expresiуn era impenetrable. En su mirada dura y frнa habнa algo inflexible. A Roger le recordу esas miradas vacнas de humanidad de los jefes de estaciуn de las caucherнas del Putumayo, mi radas de hombres que han perdido (si alguna vez la tuvieron) la facultad de discriminar entre el bien y el mal, la bondad y la maldad, lo humano y lo inhumano.