Y, entonces, sintiу que el muchacho, impulsбndose con los pies y los brazos, cortaba la distancia que los sepa raba. Ahora estaba tan cerca de йl que casi se tocaban. Y, en eso, Roger sintiу las manos ajenas buscбndole el vientre, tocбndole y acariciбndole el sexo que hacнa rato tenнa en hiesto. En la oscuridad de su celda, suspirу, con deseo y angustia. Cerrando los ojos, tratу de resucitar aquella escena de hacнa tantos aсos: la sorpresa, la excitaciуn indescriptible, que, sin embargo, no atenuaba su recelo y temor, y su cuerpo, abrazando el del muchacho cuya verga tiesa sintiу tambiйn frotбndose contra sus piernas y su vientre.
Habнa sido la primera vez que hizo el amor, si es que se podнa llamar hacer el amor excitarse y eyacular en el agua contra el cuerpo del muchacho que lo masturbaba y que sin duda eyaculу tambiйn sobre йl, aunque eso Roger no lo notу. Cuando saliу del agua y se vistiу, los dos bakongos le convidaron unos bocados del pescado que ahumaron en una pequeсa fogata a orillas de la poza que formaba el arroyuelo.
Quй vergьenza sintiу despuйs. Todo el resto del dнa estuvo aturdido, sumido en unos remordimientos que se mezclaban con chispazos de dicha, la conciencia de haber franqueado los lнmites de una cбrcel y alcanzado una libertad que siempre deseу, en secreto, sin haberse atrevido nunca a buscarla. їTuvo remordimientos, hizo propуsito de enmienda? Sн, sн. Los habнa tenido. Se prometiу a sн mismo, por su honor, por la memoria de su madre, por su religiуn, que aquello no se repetirнa, sabiendo muy bien que se mentнa, que, ahora que habнa probado el fruto prohibido, sentido cуmo todo su ser se convertнa en un vйrtigo y una antorcha, ya no podrнa evitar que aquello se repitiera. Esa fue la ъnica, o, en todo caso, una de las muy escasas veces en que gozar no le habнa costado dinero. їHabнa sido el hecho de pagar a sus fugaces amantes de unos minutos o unas horas lo que lo habнa liberado, muy pronto, de esos cargos de conciencia que al principio lo acosaron luego de esas aventuras? Tal vez. Como si, con vertidos en una transacciуn comercial —me das tu boca y tu pene y yo te doy mi lengua, mi culo y unas libras—, aquellos encuentros veloces, en parques, esquinas oscuras, baсos pъblicos, estaciones, hoteluchos inmundos o en plena calle —«como los perros», pensу— con hombres con los que a menudo sуlo podнa entenderse con gestos y ademanes porque no hablaban su lengua, despojaran a esos actos de toda significaciуn moral y los volvieran un puro intercambio, tan neutro como comprar un helado o un paquete de cigarrillos. Era el placer, no el amor. Habнa aprendido a gozar pero no a amar ni a ser correspondido en el amor. Alguna vez en Бfrica, en Brasil, en Iquitos, en Londres, en Belfast o en Dublнn, luego de un encuentro particularmente intenso, algъn sentimiento se habнa aсadido a la aventura y йl se habнa dicho: «Estoy enamorado». Falso: nunca lo estuvo. Aquello no durу. Ni siquiera con Eivind Adler Christensen, a quien habнa llegado a tener afecto, pero no de amante, acaso de hermano mayor o de padre. Vaya infeliz. Tambiйn en este campo su vida habнa sido un completo fracaso. Muchos amantes de ocasiуn —decenas, acaso centenas— y ni una sola relaciуn de amor. Sexo puro, apresurado y animal.
Por eso, cuando hacнa un balance de su vida sexual y sentimental, Roger se decнa que ella habнa sido tardнa y austera, hecha de esporбdicas y siempre veloces aventuras, tan pasajeras, tan sin consecuencias, como aquella del arroyo con cascadas y pozas en las afueras de lo que era todavнa un campamento medio perdido en un lugar del Bajo Congo llamado Boma.
Lo embargу esa profunda tristeza que habнa seguido casi siempre a sus furtivos encuentros amorosos, general mente a la intemperie, como el primero, con hombres y muchachos a menudo extranjeros cuyos nombres ignoraba u olvidaba apenas sabidos. Eran efнmeros momentos de placer, nada que pudiera compararse a esa relaciуn estable, prolongada a lo largo de meses y aсos, en que a la pasiуn se iban aсadiendo la comprensiуn, la complicidad, la amistad, el diбlogo, la solidaridad, esa relaciуn que йl siempre habнa envidiado entre Herbert y Sarita Ward. Era otro de los gran des vacнos, de las grandes nostalgias, de su vida.
Advirtiу que, allн donde debнa estar el quicio de la puerta de su celda, asomaba un rayito de luz.
XII
«Dejarй mis huesos en ese maldito viaje», pensу Roger cuando el canciller sir Edward Grey le dijo que, en vista de las contradictorias noticias que llegaban del Perъ, la ъnica manera para el Gobierno britбnico de saber a quй atenerse sobre lo que allн ocurrнa, era que el propio Casement regresara a Iquitos y viera sobre el terreno si el Gobierno peruano habнa hecho algo para poner fin a las iniquidades en el Putumayo o se valнa de tбcticas dilatorias pues no querнa o no podнa enfrentarse a Julio C. Arana.