Recordу la frase del carcelero: «Estoy seguro que Alex muriу virgen». Pobre muchacho. Llegar a los diecinueve o veinte aсos sin haber conocido el placer, aquel desmayo afiebrado, aquella suspensiуn de lo circundante, esa sensaciуn de eternidad instantбnea que duraba apenas el tiempo de eyacular y, sin embargo, tan intensa, tan pro funda que arrebataba todas las fibras de su cuerpo y hacнa participar y animarse hasta el ъltimo resquicio del alma. El hubiera podido morir virgen tambiйn, si, en vez de partir al Бfrica al cumplir veinte aсos, se hubiera quedado en Liverpool trabajando para la Eider Dempster Line. Su timidez con las mujeres habнa sido la misma —acaso peor— que la del joven de pies planos Alex Stacey. Recordу las bromas de sus primas, y, sobre todo, de Gertrude, la querida Gee, cuando querнan hacerlo ruborizar. Bastaba que le hablaran de chicas, que le dijeran por ejemplo: «їHas visto cуmo te mira Dorothy?». «їTe has dado cuenta que Malina siempre se las arregla para sentarse a tu lado en los picnics?». «Le gustas, primo». «їTe gusta ella a ti tambiйn?». ЎLa incomodidad que le producнan estas chanzas! Perdнa la desenvoltura y empezaba a balbucear, a tartamudear, a decir tonterнas, hasta que Gee y sus amigas, muertas de risa, lo tranquilizaban: «Era una broma, no te pongas asн».

Sin embargo, desde muy joven habнa tenido un aguzado sentido estйtico, sabido apreciar la belleza de los cuerpos y las caras, contemplando con delectaciуn y alegrнa una silueta armoniosa, unos ojos vivaces y picaros, una cintura delicada, unos mъsculos que denotaran la fortaleza inconsciente que exhibнan los animales predadores en libertad. їCuбndo tomу conciencia de que la belleza que lo exaltaba mбs, aсadiendo un aderezo de inquietud y alarma, la impresiуn de cometer una transgresiуn, no era la de las mu chachas sino la de los muchachos? En Бfrica. Antes de pisar el continente Africano, su educaciуn puritana, las costumbres rнgidamente tradicionales y conservadoras de sus parientes paternos y matemos, habнan reprimido en embriуn cualquier amago de excitaciуn de esa нndole, fiel a un medio en el que la sola sospecha de atracciуn sexual entre personas del mismo sexo era considerada una aberraciуn abomina ble, justamente condenada por la ley y la religiуn como un delito y un pecado sin justificaciуn ni atenuantes. En Magherintemple, Antrim, en la casa del tнo abuelo John, en Liverpool, donde sus tнos y primas, la fotografнa habнa sido el pretexto que le permitiу gozar —sуlo con los ojos y la mente— de esos cuerpos masculinos esbeltos y hermosos por los que se sentнa atraнdo, engaсбndose a sн mismo con la excusa de que aquella atracciуn era sуlo estйtica.

El Бfrica, aquel continente atroz pero hermosнsimo, de enormes sufrimientos, era tambiйn tierra de libertad, donde los seres humanos podнan ser maltratados de manera inicua pero, asimismo, manifestar sus pasiones, fantasнas, deseos, instintos y sueсos, sin las bridas y pre juicios que en Gran Bretaсa ahogaban el placer. Recordу aquella tarde de calor sofocante y sol cenital, en Boma, cuando йsta ni siquiera era una aldea sino un asentamiento minъsculo. Asfixiado y sintiendo que su cuerpo echaba llamas habнa ido a baсarse a aquel arroyo de las afueras que, poco antes de precipitarse en las aguas del rнo Congo, formaba pequeсas lagunas entre las rocas, con cascadas murmurantes, en un paraje de altнsimos mangos, cocote ros, baobabs y helechos gigantes. Habнa dos bakongos jуvenes baсбndose, desnudos como йl. Aunque no hablaban inglйs, contestaron su saludo con sonrisas. Parecнan jugando entre ellos, pero, al poco tiempo, Roger advirtiу que estaban pescando con sus manos desnudas. Su excitaciуn y sus carcajadas se debнan a la dificultad que tenнan para su jetar a los escurridizos pececillos que se les escapaban de los dedos. Uno de los dos muchachos era muy bello. Tenнa un cuerpo largo y azulado, armonioso, ojos profundos y de luz vivнsima y se movнa en el agua como un pez. Con sus movimientos trasparecнan, brillando por las gotitas de agua adheridas a su piel, los mъsculos de sus brazos, de su espalda, de sus muslos. En su cara oscura, con tatuajes geomйtricos, de miradas chispeantes, asomaban sus dientes, muy blancos. Cuando por fin atraparon un pez, con gran bullicio, el otro saliу del arroyo, a la orilla, donde, le pareciу a Roger, comenzaba a cortarlo y limpiarlo y a preparar una fogata. El que habнa quedado en el agua lo mirу a los ojos y le sonriу. Roger, sintiendo una especie de fiebre, nadу hacia йl, sonriйndole tambiйn. Cuando llegу a su lado no supo quй hacer. Sentнa vergьenza, incomodidad, y, a la vez, una felicidad sin lнmites.

—Lбstima que no me entiendas —se oyу decir, a media voz—. Me hubiera gustado tomarte fotos. Que conversбramos. Que nos hiciйramos amigos.

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