Roger se habнa pasado la vida creyendo y dudando. Ni siquiera ahora, a las puertas de la muerte, era capaz de creer en Dios con la fe resuelta con que creнan su madre, su padre o sus hermanos. Quй suerte tenнan aquellos para quienes la existencia del Ser Supremo no habнa sido nunca un problema, sino una certeza gracias a la cual el mundo se les ordenaba y todo encontraba su explicaciуn y razуn de ser. Quienes creнan de ese modo alcanzarнan sin duda una resignaciуn ante la muerte que nunca conocerнan los que, como йl, habнan vivido jugando a las escondidas con Dios. Roger recordу que alguna vez habнa escrito un poema con ese tнtulo: «A las escondidas con Dios». Pero Herbert Ward le asegurу que era muy malo y йl lo echу a la basura. Lбstima. Le hubiera gustado releerlo y corregir lo ahora.

Comenzaba a amanecer. Asomaba un rayito de luz entre los barrotes de la alta ventana. Pronto vendrнan a llevarse la palangana de los orines y el excremento y a traerle el desayuno.

Le pareciу que el primer refrigerio del dнa tardaba en llegar mбs que otras veces. El sol ya estaba alto en el cielo y una luz dorada y frнa iluminaba su celda. Llevaba un buen rato leyendo y releyendo las mбximas de Tomбs de Kempis sobre la desconfianza hacia el saber que vuelve arrogantes a los seres humanos y la pйrdida de tiempo que es «el mucho cavilar sobre cosas oscuras y misteriosas» cuya ignorancia ni siquiera se nos reprocharнa en el juicio final, cuando sintiу que la gran llave giraba en la cerradura y se abrнa la puerta de la celda.

—Buenos dнas —dijo el guardia, dejando en el suelo el panecillo de harina negra y la taza de cafй. їO serнa hoy de tй? Pues, obedeciendo a inexplicables razones, el desayuno cambiaba de tй a cafй o de йste a tй con frecuencia.

—Buenos dнas —dijo Roger, poniйndose de pie y yendo a coger la palangana—. їSe ha tardado usted hoy mбs que otros dнas o me equivoco?

Fiel a la consigna del silencio, el guardia no le con testу y a йl le pareciу que evitaba mirarlo a los ojos. Se apartу de la puerta para dejarlo pasar y Roger saliу al lar go pasillo lleno de tiznes cargando la palangana. El guardia caminaba a dos pasos detrбs de йl. Sintiу que su бnimo mejoraba con la reverberaciуn del sol veraniego en las gruesas paredes y en las piedras del suelo, produciendo unos brillos que parecнan chispas. Pensу en los parques de Londres, en la Serpentina y los altos plбtanos, бlamos y castaсos de Hyde Park y lo hermoso que serнa caminar ahora mismo por allн, anуnimo entre los deportistas que montaban caballo o bicicleta y las familias con niсos que, aprovechando el buen tiempo, habнan salido a pasar el dнa al aire libre.

En el baсo desierto —debнa haber instrucciones de que a йl le fijaran horas distintas de las de los otros presos para el aseo— vaciу y fregу la palangana. Luego, se sentу en el excusado sin ningъn йxito —el estreсimiento habнa sido un problema de toda su vida— y, por fin, quitбndose el blusуn azul de presidiario, se lavу y fregу el cuerpo y la cara vigorosamente. Se secу con la toalla medio hъmeda que colgaba de una armella. Regresу a su celda con la palangana limpia, despacio, disfrutando del sol que caнa sobre el pasillo de las ventanas enrejadas de lo alto del muro y de los ruidos —voces ininteligibles, bocinas, pasos, motores, chirridos—, que le daban la impresiуn de haber entrado en el tiempo otra vez y que desaparecieron apenas el guardia cerrу con llave la puerta de su celda.

La bebida podнa ser tй o cafй. No le importу lo desabrida que estaba, pues el lнquido, al bajar por su pecho hacia su estуmago, le hizo bien y le quitу la acidez que siempre lo aquejaba en las maсanas. Se guardу el panecillo por si le daba hambre mбs tarde.

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