Echado en su camastro, retomу la lectura de la Imitaciуn de Cristo. A ratos le parecнa de una ingenuidad infantil, pero, a veces, al volver una pбgina, se encontraba con un pensamiento que lo inquietaba e inducнa a cerrar el libro. Se ponнa a meditar. El monje decнa que era ъtil que el hombre sufriera de cuando en cuando penas y adversidades, porque eso le recordaba su condiciуn: estaba «desterrado en esta tierra» y no debнa tener esperanza alguna en las cosas de este mundo, sуlo en las del mбs allб. Era cierto. El frailecillo alemбn, allб en su convento de Agnetenberg, hacнa quinientos aсos habнa dado en el clavo, expresado una verdad que Roger viviу en carne propia. O, mejor dicho, desde que, niсo, la muerte de su madre lo sumiу en una orfandad de la que nunca mбs se pudo librar. Esa era la palabra que mejor describнa lo que se habнa sentido siempre, en Escocia, en Inglaterra, en el Бfrica, en el Brasil, en Iquitos, en el Putumayo: un desterrado. Buena parte de su vida se habнa jactado de esa condiciуn de ciudadano del mundo que, segъn Alice, Yeats admiraba en йl: alguien que no es de ninguna parte por que lo es de todas. Mucho tiempo se habнa dicho que ese privilegio le deparaba una libertad que desconocнan quienes vivнan anclados en un solo lugar. Pero Tomбs de Kempis tenнa razуn. No se habнa sentido nunca de ninguna parte porque йsa era la condiciуn humana: el destierro en este valle de lбgrimas, destino transitorio hasta que con la muerte y el mбs allб hombres y mujeres volverнan al redil, a su fuente nutricia, a donde vivirнan toda la eternidad.

En cambio, la receta de Tomбs de Kempis para resistir las tentaciones era cбndida. їHabrнa tenido tentaciones alguna vez, allб, en su convento solitario, ese hombre pнo? Si las tuvo, no debiу serle tan fбcil resistirlas y derrotar al «diablo, que nunca duerme y anda siempre rondando y buscando a quien devorar». Tomбs de Kempis decнa que nadie era tan perfecto que no tuviera tentaciones y que era imposible que un cristiano pudiera verse exonerado de la «concupiscencia», la fuente de todas ellas.

El habнa sido dйbil y sucumbido a la concupiscencia muchas veces. No tantas como habнa escrito en sus agendas y cuadernos de notas, aunque, sin duda, escribir lo que no se habнa vivido, lo que sуlo se habнa querido vivir, era tambiйn una manera —cobarde y tнmida— de vivirlo y por lo tanto de rendirse a la tentaciуn. їSe pagaba por ello a pesar de no haberlo disfrutado de verdad, sino de esa manera incierta e inasible como se vivнan las fantasнas? їTendrнa que pagar por todo aquello que no hizo, que sуlo deseу y escribiу? Dios sabrнa discriminar y seguramente sancionarнa aquellas faltas retуricas de manera mбs liviana que los pecados cometidos de verdad.

De todos modos, escribir lo que no se vivнa para hacerse la idea de vivirlo, llevaba ya implнcito un castigo: la sensaciуn de fracaso y frustraciуn con que terminaban siempre los juegos mentirosos de sus diarios. (Y tambiйn los hechos vividos, por lo demбs). Pero, ahora, esos juegos irresponsables habнan puesto en manos del enemigo un arma formidable para envilecer su nombre y su memoria.

Por otra parte, no era tan fбcil saber a quй tentaciones se referнa Tomбs de Kempis. Podнan llegar tan disfraza das, tan encubiertas, que se confundнan con cosas benignas, con entusiasmos estйticos. Roger recordу, en aquellos remotos aсos de su adolescencia, que sus primeras emociones con los cuerpos bien torneados, con los mъsculos viriles, la armoniosa esbeltez de los adolescentes, no parecнan un sentimiento malicioso y concupiscente sino una manifestaciуn de sensibilidad, de entusiasmo estйtico. Asн lo creyу mucho tiempo. Y que era esa misma vocaciуn artнstica la que lo habнa incitado a aprender la tйcnica de la fotografнa para capturar en las cartulinas aquellos cuerpos hermosos. En algъn momento advirtiу, ya viviendo en Бfrica, que aquella admiraciуn no era sana, o, mejor dicho, no era sуlo sana, sino sana y malsana al mismo tiempo, pues esos cuerpos armoniosos, sudorosos, musculosos, sin gota de grasa, en los que se adivinaba la sensualidad material de los felinos, ademбs de arrobo y admiraciуn, le producнan tambiйn codicia, deseos, unas ganas locas de acariciarlos. Habнa sido asн como las tentaciones pasaron a ser parte de su vida, a revolucionarla, a llenarla de secretos, angustia, temor, pero tambiйn de sobresaltados momentos de placer. Y de remordimientos y amarguras, por supuesto. їHarнa Dios en el momento supremo las sumas y las restas? їLo perdonarнa? їLo castigarнa? Se sentнa curioso, no atemorizado. Como si no se tratara de йl, sino de un ejercicio intelectual o un acertijo.

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