Cuando el carcelero cerrу la puerta de la celda, Roger fue a echarse a su camastro. Suspiraba, febril. La conversaciуn con Alice no le habнa hecho bien. Ahora sentнa tristeza por no haber estado allн, embutido en su uniforme de Voluntario y su mбuser en la mano, participando en el Alzamiento, sin importarle que esa acciуn armada terminara en una matanza. Tal vez Patrick Pearse, Joseph Plunkett y los otros tuvieran razуn. No se trataba de ganar sino de resistir lo mбs posible. De inmolarse, como los mбrtires cristianos de los tiempos heroicos. Su sangre fue la semilla que germinу, acabу con los нdolos paganos y los reemplazу por el Cristo Redentor. La sangre derramada por los Voluntarios fructificarнa tambiйn, abrirнa los ojos de los ciegos y ganarнa la libertad para Irlanda. їCuбntos compaсeros y amigos del Sinn Fein, de los Voluntarios, del Ejйrcito del Pueblo, del IRB habнan estado en las barricadas, a sabiendas de que era un empeсo suicida? Cientos, miles, sin duda. Patrick Pearse, el primero. Siempre creyу que el martirio era el arma principal de una lucha justa. їNo formaba eso parte del carбcter irlandйs, de la herencia celta? La aptitud para encajar el sufrimiento de los catуlicos estaba ya en Cuchulain, en los hйroes mнticos de Eire y sus grandes ges tas y, asimismo, en el sereno heroнsmo de sus santos que habнa estudiado con tanto amor y sabidurнa su amiga Alice: una infinita capacidad para los grandes gestos. Un espнritu imprбctico el del irlandйs, acaso, pero compensado por la desmedida generosidad para abrazar los mбs audaces sueсos de justicia, igualdad y felicidad. Aun cuando la derrota fuera inevitable. Con todo lo descabellado que tenнa el plan de Pearse, de Tom Clarke, de Plunkett y los otros, en esos seis dнas de lucha desigual habнa salido a flor de piel, para que el mundo lo admirara, el espнritu del pueblo irlandйs, indomable pese a tantos siglos de servidumbre, idealista, temerario, dispuesto a todo por una causa justa. Quй distinta actitud de la de aquellos compatriotas prisioneros en el campo de Limburg, ciegos y sordos a sus exhortaciones. La de ellos era la otra cara de Irlanda: la de los sometidos, los que, a causa de los siglos de colonizaciуn, habнan perdido aquella chispa indуmita que llevу a tantas mujeres y hombres a las barricadas de Dublнn. їSe habнa equivocado una vez mбs en su vida? їQuй hubiera ocurrido si las armas alemanas que traнa el
Tuvo un sueсo placentero. Su madre aparecнa y desaparecнa, sonriendo, bella y grбcil con su largo sombrero de paja del que colgaba una cinta flotando en el viento. Una coqueta sombrilla floreada protegнa del sol la blancura de sus mejillas. Los ojos de Anne Jephson estaban clavados en йl y los de Roger en ella y nada ni nadie parecнa capaz de interrumpir su silenciosa y tierna comunicaciуn. Pero, de repente, asomу entre la floresta el capitбn de lanceros Roger Casement, con su resplandeciente uniforme de los dragones ligeros. Miraba a Anne Jephson con unos ojos en los que habнa una codicia obscena. Tanta vulgaridad ofendiу y asustу a Roger. No sabнa quй hacer. No tenнa fuerzas para impedir lo que ocurrirнa ni para echarse a correr y librarse de aquel horrible presentimiento. Con lбgrimas en los ojos, temblando de pavor e indignaciуn, vio al capitбn levantar en vilo a su madre. La escuchу dar un grito de sorpresa y luego reнrse con una risita forzada y complaciente. Temblando de asco y de celos, la vio patalear en el aire, mostrando sus delgados tobillos, mientras su padre se la llevaba corriendo entre los бrboles. Se fueron perdiendo en la floresta y sus risitas adelgazando hasta eclipsarse. Ahora, es cuchaba gemir el viento y trinos de pбjaros. No lloraba. El mundo era cruel e injusto y antes que sufrir de este modo serнa preferible morir.
El sueсo siguiу largo rato, pero al despertarse, todavнa en la oscuridad, algunos minutos u horas despuйs, Roger ya no recordaba su desenlace. No saber la hora lo angustiу de nuevo. A veces lo olvidaba, pero la menor inquietud, duda, zozobra, hacнa que la punzante ansiedad de no saber en quй momento del dнa o de la noche se hallaba le produjera hielo en el corazуn, la sensaciуn de haber sido expulsado del tiempo, de vivir en un limbo don de no existнan el antes, el ahora ni el despuйs.