Y, en eso, oyу sorprendido la gruesa llave forcejean do de nuevo en la cerradura. Cuando la puerta de su celda se abriу, entrу una llamarada de luz, ese sol fuerte que de pronto parecнa incendiar las maсanas del agosto londinense. Cegado, advirtiу que tres personas habнan entrado a la celda. No podнa distinguir sus caras. Se puso de pie. Al cerrarse la puerta vio que quien estaba mбs cerca de йl, casi tocбndolo, era el gobernador de Pentonville Prison, al que sуlo habнa visto un par de veces. Era un hombre mayor, enteco y arrugado. Vestнa de oscuro y tenнa una expresiуn grave. Detrбs de йl estaba el
Finalmente, mirбndolo a los ojos, el gobernador hablу, con una voz al principio vacilante que se fue volviendo firme a medida que avanzaba en su exposiciуn:
—Cumplo con el deber de comunicarle que esta maсana, 2 de agosto de 1916, el Consejo de Ministros del Gobierno de Su Majestad el rey se ha reunido, estudiado el pedido de clemencia presentado por sus abogados y que lo ha rechazado por la unanimidad de votos de los ministros asistentes. En consecuencia, la sentencia del Tribunal que lo juzgу y lo condenу por alta traiciуn se ejecutarб el dнa de maсana, 3 de agosto de 1916, en el patio de Pentonville Prison, a las nueve de la maсana. De acuerdo a la costumbre establecida, para la ejecuciуn el reo no tiene que vestir el uniforme de presidiario y podrб hacer uso de las prendas civiles de las que fue despojado al entrar a la prisiуn y que le serбn devueltas. Asimismo, cumplo con comunicarle que los capellanes, el sacerdote catуlico,
—їA quй hora podrй ver a los capellanes? —preguntу Roger y le pareciу que su voz era ronca y glacial.
El gobernador se volviу al
—Vendrбn al comienzo de la tarde.
—Gracias.
Luego de un instante de vacilaciуn, las tres personas abandonaron la celda y Roger escuchу cуmo el guardia echaba llave a la cerradura.
XIV
La etapa de su vida en que estarнa mбs inmerso en los problemas de Irlanda, Roger Casement la iniciу viajando a las Islas Canarias, en enero de 1913. A medida que la nave se adentraba en el Atlбntico, se le iba quitando un gran peso de encima, se iba desprendiendo de aquellas imбgenes de Iquitos, el Putumayo, las plantaciones caucheras, Manaos, los barbadenses, Julio C. Arana, las intrigas del Foreign Office, y recobraba una disponibilidad que ahora podrнa volcar en los asuntos de su paнs. Ya habнa hecho lo que podнa por los indнgenas de la Amazonia. Arana, uno de sus peores verdugos, no volverнa a levantar cabeza: era un hombre desprestigiado y arruinado y no era imposible que terminara sus dнas en la cбrcel. Ahora debнa ocuparse de otros indнgenas, los de Irlanda. Tambiйn ellos necesitaban librarse de los «aranas» que los explotaban, aunque con armas mбs refinadas e hipуcritas que las de los caucheros peruanos, colombianos y brasileсos.
Pero, pese a la liberaciуn que sentнa alejбndose de Londres, tanto en la travesнa como en el mes que permaneciу en Las Palmas, estuvo fastidiado por el deterioro de su salud. Los dolores en la cadera y en la espalda debidos a la artritis le sobrevenнan a cualquier hora del dнa y de la noche. Los analgйsicos no le hacнan el efecto de antes. Debнa permanecer horas tendido en la cama de su hotel o en un sillуn de la terraza sudando frнo. Andaba con dificultad, siempre con bastуn, y ya no pudo emprender las largas caminatas por la campiсa o por las faldas de los cerros como en viajes anteriores por temor a que en pleno paseo lo paralizara el dolor. Sus mejores recuerdos de esas semanas de principios de 1913 serнan las horas que pasу sumergido en el pasado de Irlanda gracias a la lectura de un libro de Alice Stopford Green,