—El cardenal Bourne es un hombre bueno y generoso, de espнritu compasivo —afirmу, por fin—. Pero, no lo olvide, Roger, tiene sobre sus hombros la responsabilidad de velar por el buen nombre de la Iglesia en un paнs en el que los catуlicos somos minorнa y donde todavнa hay quienes alientan grandes fobias contra nosotros.
—Dнgamelo con franqueza, padre Carey: їha pues to el cardenal Bourne como condiciуn para que sea readmitido en la Iglesia catуlica que firme ese documento arrepintiйndome de esas cosas viles y viciosas de que me acusa la prensa?
—No es una condiciуn, sуlo una sugerencia —dijo el religioso—. Puede aceptarla o no y eso no cambiarб nada. Fue bautizado. Es catуlico y lo seguirб siendo. No hablemos mбs de este asunto.
Efectivamente, no hablaron mбs de ello. Pero a Roger el recuerdo de ese diбlogo volvнa de tanto en tanto y lo llevaba a preguntarse si su deseo de retornar a la Iglesia de su madre era puro o estaba manchado por las circunstancias de su situaciуn. їNo era un acto decidido por razones polнticas? їPara mostrar su solidaridad con los irlandeses catуlicos que estaban a favor de la independencia y su hostilidad a esa minorнa, la gran mayorнa de la cual era protestante, que querнa seguir formando parte del Imperio? їQuй validez tendrнa a los ojos de Dios una conversiуn que, en el fondo, no obedecнa a nada espiritual, sino al anhelo de sentirse abrigado por una comunidad, de ser parte de una larga tribu? Dios verнa en semejante conversiуn los manotazos de un nбufrago.
—Lo que importa ahora, Roger, no es el cardenal Bourne, ni yo, ni los catуlicos de Inglaterra, ni los de Ir landa —dijo el padre Carey—. Lo que importa ahora es usted. Su reencuentro con Dios. Ahн estб la fuerza, la ver dad, esa paz que merece despuйs de una vida tan intensa y de tantas pruebas que ha tenido que enfrentar.
—Sн, sн, padre Carey —asintiу Roger, ansioso—. Ya lo sй. Pero, justamente. Hago el esfuerzo, se lo juro. Trato de hacerme oнr, de llegar a El. Algunas veces, muy pocas, me parece que lo consigo. Entonces, siento por fin un poco de paz, ese sosiego increнble. Como algunas noches, allб en el Бfrica, con la luna llena, el cielo repleto de estrellas, ni una gota de viento que moviera los бrboles, el murmullo de los insectos. Todo era tan bello y tan tranquilo que el pensamiento que me venнa a la cabeza era siempre: «Dios existe. їCуmo, viendo lo que veo, podrнa siquiera imaginar que no exista?». Pero, otras veces, padre Carey, la mayorнa, no lo veo, no me responde, no me escucha. Y me siento muy solo. En mi vida, la mayor parte del tiempo, me he sentido muy solo. Ahora, estos dнas, me pasa muy a menudo. Pero la soledad de Dios es mucho peor. Entonces, me digo: «Dios no me escucha ni me escucharб. Voy a morir tan solo como he vivido». Es algo que me atormenta dнa y noche, padre.
—El estб ahн, Roger. Le escucha. Sabe lo que siente. Que lo necesita. No le fallarб. Si hay algo que le puedo garantizar, de lo que estoy absolutamente seguro, es que Dios no le fallarб.
En la oscuridad, estirado en su camastro, Roger pensу que el padre Carey se habнa impuesto una tarea tanto o mбs heroica que los rebeldes de las barricadas: llevar consuelo y paz a esos seres desesperados, destrozados, que iban a pasar muchos aсos en una celda o se preparaban para subir al patнbulo. Quehacer terrible, deshumanizador, que debiу llevar muchos dнas al padre Carey, al principio de su ministerio sobre todo, a la desesperaciуn. Pero sabнa disimularlo. Guardaba siempre la calma y en todo momento transmitнa ese sentimiento de comprensiуn, de solidaridad, que a йl le hacнa tanto bien. Alguna vez habнan hablado del Alzamiento.
—їQuй hubiera hecho usted, padre Carey, si hubiera estado en Dublнn en esos dнas?
—Ir allн a prestar ayuda espiritual a quien la necesitara, como hicieron tantos sacerdotes.
Aсadiу que no hacнa falta coincidir con la idea de los rebeldes de que la libertad de Irlanda se conseguirнa sуlo con las armas para prestarles sostйn espiritual.
Desde luego, no era lo que creнa el padre Carey, йl habнa alentado siempre un rechazo visceral a la violencia. Pero hubiera ido a confesar, a dar la comuniуn, a rezar por quien lo solicitara, a ayudar a los enfermeros y a los mйdicos. Asн lo habнa hecho buen nъmero de religiosos y de religiosas y la jerarquнa los habнa apoyado. Los pastores tenнan que estar donde estaba el rebaсo їno es cierto?
Todo eso era verdad, pero tambiйn lo era que la idea de Dios no cabнa en el limitado recinto de la razуn humana. Habнa que meterla allн con calzador porque nunca encajaba del todo. El y Herbert Ward habнan hablado muchas veces de este asunto. «En lo que se refiere a Dios hay que creer, no razonar», decнa Herbert. «Si razonas, Dios se esfuma como una bocanada de humo».