Sus pronunciamientos a favor de Alemania impresionaron a los diplomбticos del Reich acreditados en Estados Unidos. El embajador alemбn en Washington, el conde Johann von Bernstorff, viajу a New York para reunirse en privado con el trнo dirigente del Clan na Gael —John Devoy, Joseph McGarrity y John Keating— y Roger Casement. Estuvo tambiйn presente el capitбn Franz von Papen. Fue Roger, segъn lo acordado con sus compaсeros, quien expuso ante el diplomбtico alemбn el pedido de los nacionalistas: cincuenta mil fusiles y municiones. Se podнan desembarcar en distintos puertos de Irlanda de manera clandestina gracias a los Voluntarios. Servirнan para un levantamiento militar anticolonialista que inmovilizarнa importantes fuerzas militares inglesas, lo que deberнa ser aprovechado por las fuerzas navales y militares del Kбiser para desencadenar una ofensiva contra las guarniciones militares del litoral inglйs. Para ampliar las simpatнas hacia Alemania de la opiniуn pъblica irlandesa, era indispensable que el Gobierno alemбn hiciera una declaraciуn garantizando que, en caso de victoria, apoyarнa los anhelos irlandeses de liberaciуn del yugo colonial. De otra parte, el Gobierno alemбn deberнa comprometerse a dar un tratamiento especial a los soldados irlandeses que cayeran prisioneros, separбndolos de los ingleses y dбndoles la oportunidad de incorporarse a una Brigada Irlandesa que combatirнa «junto a, pero no dentro de» el Ejйrcito alemбn contra el enemigo comъn. Roger Casement serнa el organizador de la Brigada.
El conde Von BemstorfF, de robusta apariencia, monуculo y pechera empastelada de condecoraciones, lo escuchу con atenciуn. El capitбn Yon Papen tomaba notas. El embajador debнa consultar a Berlнn, desde luego, pero les adelantу que la propuesta le parecнa razonable. Y, en efecto, pocos dнas despuйs, en una segunda reuniуn, les comunicу que el Gobierno alemбn estaba dispuesto a celebrar conversaciones sobre el asunto, en Berlнn, con Casement como representante de los nacionalistas irlandeses. Les entregу una carta pidiendo a las autoridades que dieran todas las facilidades a sir Roger en su estancia alemana.
Comenzу a preparar su viaje de inmediato. Advirtiу que Devoy, McGarrity y Keating se sorprendнan cuan do les dijo que viajarнa a Alemania llevando a su ayudante Eivind Adler Christensen. Como se habнa planeado, por razones de seguridad, que viajara en barco de New York a Christiania, la ayuda del noruego como traductor en su propio paнs serнa ъtil, y tambiйn en Berlнn, pues Eivind hablaba asimismo alemбn. No pidiу un suplemento de dinero para su asistente. La suma que el Clan na Gael le dio para su viaje e instalaciуn —tres mil dуlares— les alcanzarнa a los dos.
Si sus compaсeros neoyorquinos vieron algo extraсo en su empeсo por llevar consigo a Berlнn a ese joven vikingo que permanecнa mudo ante ellos en las reuniones, se lo callaron. Asintieron, sin comentarios. Roger no hubiera podido hacer el viaje sin Eivind. Con йste habнa entrado en su vida un flujo de juventud, de ilusiуn, y —la palabra lo hacнa sonrojar— amor. No le habнa ocurrido antes. Habнa tenido esas esporбdicas aventuras callejeras con gentes cuyos nombres, si es que lo eran y no meros apodos, olvidaba casi al instante, o con esos fantasmas que su imaginaciуn, sus deseos y su soledad inventaban en las pбginas de sus diarios. Pero con el «bello vikingo», como lo llamaba en la intimidad, tuvo en estas semanas y meses la sensaciуn de que, mбs allб del placer, habнa establecido por fin una relaciуn afectiva que podнa durar, sacarlo de la soledad a la que su vocaciуn sexual lo habнa condenado. No hablaba de estas cosas con Eivind. No era ingenuo y muchas veces se dijo que lo mбs probable, lo seguro incluso, era que el noruego estuviera con йl por interйs, porque junto a Roger comнa dos veces al dнa, vivнa bajo techo, dormнa en una cama decente, tenнa ropa y una seguridad de la que, segъn confesiуn propia, no disfrutaba hacнa mucho tiempo. Pero Roger terminу por descartar todas sus prevenciones en el trato diario con el muchacho. Era atento y afectuoso con йl, parecнa vivir para atenderlo, alcanzarle las prendas de vestir, comedirse a todos los recados. Se dirigнa a йl en todo momento, aun en los mбs нntimos, guardando las distancias, sin permitirse un abuso de confianza o alguna vulgaridad.