Roger Casement asintiу. Esa impresiуn lejanнsima que lo habнa acompaсado toda su vida era, pues, justa. Su madre lo bautizу a ocultas de su padre, en uno de sus viajes a Gales. Se alegrу por la complicidad que ese secreto estable cнa entre йl y Anne Jephson. Y porque de este modo se sentнa mбs en consonancia consigo mismo, con su madre, con Irlanda. Como si su acercamiento al catolicismo fuera una consecuencia natural de todo lo que habнa hecho e intentado en estos ъltimos aсos, incluidos sus equivocaciones y fracasos.
—He estado leyendo a Tomбs de Kempis, padre Carey —dijo—. Antes, apenas podнa concentrarme en la lectura. Pero estos ъltimos dнas lo he conseguido. Varias horas al dнa.
—Cuando yo estaba en el seminario leimos mucho a Tomбs de Kempis —asintiу el sacerdote—.
—Me siento mбs sereno cuando consigo meterme en esas pбginas —dijo Roger—. Como si despegara de este mundo y entrara a otro, sin preocupaciones, una realidad puramente espiritual. El padre Crotty tenнa razуn en recomendбrmelo tanto, allб en Alemania. Nunca se imaginу en quй circunstancias leerнa a su admirado Tomбs de Kempis.
Hacнa poco habнan instalado una pequeсa banqueta en el locutorio. Se sentaron. Sus rodillas se tocaban.
—їCуmo era el padre Crotty? —le preguntу—. Ya veo que hicieron buenas migas, allб en Alemania.
—Si no hubiera sido
El padre Crotty era un dominico irlandйs que el Vaticano habнa enviado desde Roma al campo de prisioneros de guerra que los alemanes tenнan instalado en Limburg. Su amistad habнa sido una tabla de salvaciуn para Roger en esos meses de 1915 y 1916 en que trataba de reclutar, entre los prisioneros, voluntarios para la Brigada Irlandesa.
—Era un hombre vacunado contra el desaliento —dijo Roger—. Lo acompaсй a visitar enfermos, a administrar sacramentos, a hacer rezar el rosario a los prisioneros de Limburg. Un nacionalista, tambiйn. Aunque menos apasionado que yo,
Este sonriу.
—No crea que el padre Crotty tratу de acercarme al catolicismo —aсadiу Roger—. Era muy cuidadoso en nuestras conversaciones para que yo no sintiera que querнa convertirme. Me fue ocurriendo a mн solo, aquн adentro —se tocу el pecho—. Nunca fui muy religioso, ya se lo dije. Desde que muriу mi madre, la religiуn fue para mн algo mecбnico y secundario. Sуlo despuйs de 1903, de ese viaje de tres meses y diez dнas al interior del Congo que le contй, volvн a rezar. Cuando creн que iba a perder la razуn ante tanto sufrimiento. Asн descubrн que un ser humano no puede vivir sin creer.
Sintiу que se le iba a quebrar la voz y callу.
—їEl le hablу de Tomбs de Kempis?
—Le tenнa gran devociуn —asintiу Roger—. Me regalу su ejemplar de la
—El Gobierno inglйs no ha decidido nada todavнa —lo amonestу el religioso—. No debe perder la esperan za. Allб afuera hay mucha gente que lo quiere y estб haciendo enormes esfuerzos para que el pedido de clemencia sea escuchado.
—Ya lo sй,
—Para eso estoy aquн, Roger. Le aseguro que usted estб ya preparado para todo ello.
—Una duda me angustia mucho —dijo Roger, bajando la voz como si alguien mбs pudiera oнrlo—. їNo parecerб mi conversiуn ante Cristo inspirada por el miedo? La verdad,