—їQuiere que recemos juntos?

—Conversemos un poco mбs, si no le importa. Esta serб la ъltima pregunta que le harй sobre el asunto. Si me ejecutan, їpodrб mi cuerpo ser llevado a Irlanda y enterrado allб?

Sintiу que el capellбn dudaba y lo mirу. Father Carey habнa palidecido algo. Lo vio negar con la cabeza, incуmodo.

—No, Roger. Si ocurre aquello, serб usted enterrado en el cementerio de la prisiуn.

—En tierra enemiga —susurrу Casement, tratan do de hacer una broma que no resultу—. En un paнs que he llegado a odiar tanto como lo quise y admirй de joven.

—Odiar no sirve de nada —suspirу el padre Ca rey—. La polнtica de Inglaterra puede ser mala. Pero hay muchos ingleses decentes y respetables.

—Lo sй muy bien, padre. Me lo digo siempre que me lleno de odio contra este paнs. Es mбs fuerte que yo. Tal vez me ocurre porque de muchacho creн ciegamente en el Imperio, en que Inglaterra estaba civilizando al mundo. Usted se hubiera reнdo si me hubiera conocido entonces.

El sacerdote asintiу y a Roger le sobrevino una risita.

—Dicen que los convertidos somos los peores —aсadiу—. Me lo han reprochado siempre mis amigos. Ser demasiado apasionado.

—El incorregible irlandйs de las fбbulas —dijo el padre Carey, sonriendo—. Asн me decнa mi madre, de chico, cuando me portaba mal. «Ya te saliу el incorregible irlandйs».

—Si quiere, ahora podemos rezar, padre.

Father Carey asintiу. Cerrу los ojos, juntу las manos, y empezу a musitar en voz muy baja un padrenuestro, y, luego, avemarнas. Roger cerrу los ojos y rezу tambiйn, sin dejar oнr su voz. Durante buen rato lo hizo de manera mecбnica, sin concentrarse, con imбgenes diversas revoloteбndole en la cabeza. Hasta que poco a poco se fue dejando absorber por la plegaria. Cuando el sheriff tocу la puerta del locutorio y entrу a advertir que les quedaban cinco minutos, Roger estaba concentrado en la oraciуn.

Cada vez que rezaba se acordaba de su madre, esa figura esbelta, vestida de blanco, con un sombrero de paja de alas anchas y una cinta azul que danzaba en el viento, caminando bajo los бrboles, en el campo. їEstaban en Gales, en Irlanda, en Antrim, en Jersey? No sabнa dуnde, pero el paisaje era tan bello como la sonrisa que resplandecнa en la cara de Anne Jephson. ЎQuй orgulloso se sentнa el pequeсo Roger teniendo en la suya esa mano suave y tierna que le daba tanta seguridad y alegrнa! Rezar asн era un bбlsamo maravilloso, lo devolvнa a aquella infancia donde, gracias a la presencia de su madre, todo era bello y feliz en la vida.

El padre Carey le preguntу si querнa enviar algъn mensaje a alguien, si podнa traerle algo en la prуxima vi sita, dentro de un par de dнas.

—Todo lo que quiero es volver a verlo, padre. Usted no sabe el bien que me hace hablarle y escucharlo.

Se separaron estrechбndose la mano. En el largo y hъmedo pasillo, sin haberlo planeado, a Roger Casement se le saliу decirle al sheriff:

—Siento mucho la muerte de su hijo. Yo no he tenido hijos. Me imagino que no hay dolor mбs terrible en la vida.

El sheriff hizo un pequeсo ruido con la garganta pero no respondiу. En su celda, Roger se tumbу en su camastro y tomу la Imitaciуn de Cristo en sus manos. Pero no pudo concentrarse en la lectura. Las letras bailoteaban ante sus ojos y en su cabeza chisporroteaban imбgenes en una ronda enloquecida. La figura de Anne Jephson aparecнa una y otra vez.

їCуmo habrнa sido su vida si su madre, en vez de morir tan joven, hubiera seguido viva mientras йl se hacнa adolescente, hombre? Probablemente no habrнa emprendido la aventura Бfricana. Se habrнa quedado en Irlanda, o en Liverpool, y hecho una carrera burocrбtica y tenido una existencia digna, oscura y cуmoda, con esposa e hijos. Se sonriу: no, semejante gйnero de vida no casaba con йl. La que habнa llevado, con todos sus percances, era preferible. Habнa visto mundo, su horizonte se ampliу enormemente, entendiу mejor la vida, la realidad humana, la entraсa del colonialismo, la tragedia de tantos pueblos por culpa de esa aberraciуn.

Si la aйrea Anne Jephson hubiera vivido no habrнa descubierto la triste y hermosa historia de Irlanda, aquella que nunca le enseсaron en Ballymena High School, esa historia que todavнa se ocultaba a los niсos y adolescentes de North Antrim. A ellos aъn se les hacнa creer que Irlanda era un bбrbaro paнs sin pasado digno de memoria, ascendido a la civilizaciуn por el ocupante, educado y modernizado por el Imperio que lo despojу de su tradiciуn, su lengua y su soberanнa. Todo eso lo habнa aprendido allб en Бfrica, donde nunca habrнa pasado los mejores aсos de la juventud y la primera madurez, ni hubiera jamбs llegado a sentir tanto orgullo por el paнs donde naciу y tanta cуlera por lo que habнa hecho con йl Gran Bretaсa, si su madre hubiera seguido viva.

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