A la segunda o tercera vez que estuvieron solos, Roger abriу su corazуn a su flamante amiga, como lo habrнa hecho un creyente a su confesor. A ella, irlandesa de familia protestante como йl, se atreviу a decirle lo que no habнa dicho a nadie todavнa: allб, en el Congo, conviviendo con la injusticia y la violencia, habнa descubierto la gran mentira que era el colonialismo y habнa empezado a sentirse un «irlandйs», es decir, ciudadano de un paнs ocupado y explotado por un Imperio que habнa desangrado y desalmado a Irlanda. Se avergonzaba de tantas cosas que habнa dicho y creнdo, repitiendo las enseсanzas paternas. Y hacнa propуsito de enmienda. Ahora que, gracias al Congo, habнa descubierto a Irlanda, querнa ser un irlandйs de verdad, conocer su paнs, apropiarse de su tradiciуn, de su historia y su cultura.
Cariсosa, un poco maternal —Alice era diecisiete aсos mayor que йl—, reconviniйndolo a veces por esos raptos infantiles de entusiasmo que tenнa siendo ya un cuarentуn, pero ayudбndolo con consejos, libros, charlas que eran para йl clases magistrales, mientras tomaban el tй con galletas o scones con crema y mermelada. En esos pri meros meses de 1904, Alice Stopford Green fue su amiga, su maestra, su introductora a un antiquнsimo pasado en el que historia, mito y leyenda —la realidad, la religiуn y la ficciуn— se confundнan para construir la tradiciуn de un pueblo que seguнa conservando, pese al empeсo desnacionalizador del Imperio, su lengua, su manera de ser, sus costumbres, algo de lo que cualquier irlandйs, protestante o catуlico, creyente o incrйdulo, liberal o conservador, debнa sentirse orgulloso y obligado a defender. Nada ayudу tan to a serenar el espнritu de Roger, a curarlo de esas heridas morales que le habнa causado el viaje al Alto Congo, como haber entablado amistad con Morel y con Alice. Un dнa, al despedirse de Roger que, habiendo pedido una licencia de tres meses en el Foreign Office, estaba a punto de partir a Dublнn, la historiadora le dijo:
—їTe das cuenta de que te has convertido en una celebridad, Roger? Todo el mundo habla de ti, aquн, en Londres.
No era algo que lo halagara pues nunca habнa sido vanidoso. Pero Alice decнa la verdad. La publicaciуn de su
Abrumado por esta sъbita fama —la gente lo re conocнa en los teatros y restaurantes y lo seсalaba en la calle con simpatнa—, Roger Casement partiу a Irlanda. Estuvo unos dнas en Dublнn, pero pronto siguiу al Ulster, al North Antrim, a Magherintemple House, la casa familiar de su infancia y adolescencia. La habнa heredado su tнo y tocayo Roger, hijo de su tнo abuelo