їEstaban justificados los sacrificios de esos veinte aсos Africanos, los siete aсos en Amйrica del Sur, el aсo y pico en el corazуn de las selvas amazуnicas, el aсo y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania? Nunca le habнa importado el dinero, pero їno era absurdo que despuйs de haber trabajado tanto toda su vida fuera, ahora, pobre de solemnidad? El ъltimo balance de su cuenta bancaria eran diez libras esterlinas. Nunca supo ahorrar. Se habнa gastado todos sus ingresos en los otros, en sus tres hermanos, en asociaciones humanitarias como la Congo Reform Association e instituciones nacionalistas irlandesas como St. Enda's School y la Gaelic League, a las que por buen tiempo entregу sus sueldos нntegros. Para poder gastar en esas causas habнa vivido con gran austeridad, alojбndose, por ejemplo, largas temporadas en pensiones baratнsimas, que no estaban a la altura de su rango (se lo habнan insinuado sus colegas del Foreign Office). Nadie recordarнa esos donativos, regalos, ayudas, ahora que habнa fracasado. Sуlo se recordarнa su derrota final.
Pero eso no era lo peor. Maldita sea, ahн estaba otra vez la condenada idea. Degeneraciones, perversiones, vicios, una inmundicia humana. Eso querнa el Gobierno inglйs que quedara de йl. No las enfermedades que los rigores del Бfrica le habнan infligido, la ictericia, las fiebres palъdicas que minaron su organismo, la artritis, las operaciones de hemorroides, los problemas rectales que tanto lo habнan hecho padecer y avergonzarse desde la primera vez que debiу operarse de una fнstula en el ano, en 1893. «Debiу usted venir antes, esta operaciуn hace tres o cuatro meses hubiera sido sencilla. Ahora, es grave». «Vivo en el Бfrica, doctor, en Boma, un lugar donde mi mйdico es un alcohуlico consuetudinario al que le tiemblan las manos por el delнrium trйmens. їMe iba a hacer operar por el doctor Salabert, cuya ciencia mйdica es inferior a la de un brujo bakongo?». Habнa sufrido de esto casi toda su vida. Ha cнa pocos meses, en el campo alemбn de Limburg, tuvo una hemorragia que le suturу un mйdico militar hosco y grosero. Cuando decidiу aceptar la responsabilidad de investigar las atrocidades cometidas por los caucheros en la Amazonia ya era un hombre muy enfermo. Sabнa que aquel esfuerzo le tomarнa meses y sуlo le acarrearнa problemas, y, sin embargo, lo asumiу, pensando que prestaba un servicio a la justicia. Eso tampoco quedarнa de йl, si lo ejecutaban.
їSerнa cierto que
La desmoralizaciуn lo anegaba de pies a cabeza. Lo convertнa en un ser tan desvalido como esos congoleses atacados por la mosca tse-tse a los que la enfermedad del sueсo impedнa mover los brazos, los pies, los labios y has ta tener los ojos abiertos. їLes impedirнa tambiйn pensar? A йl, por desgracia, esas rachas de pesimismo aguzaban su lucidez, convertнan su cerebro en una hoguera crepitante. Esas pбginas del diario entregadas por el portavoz del Almirantazgo a la prensa, que tanto horrorizaron al rubicundo pasante de
Asustado, se dio cuenta de que se estaba riendo a carcajadas.
VIII