Cuando, el ъltimo dнa de agosto de 1910, Roger Casement llegу a Iquitos despuйs de seis semanas y pico de viaje agotador que los trasladу a йl y a los miembros de la Comisiуn desde Inglaterra hasta el corazуn de la Amazonia peruana, la vieja infecciуn que le irritaba los ojos habнa empeorado, asн como los ataques de artritis y su estado general de salud. Pero, fiel a su carбcter estoico («senequista» lo llamaba Herbert Ward), en ningъn momento del viaje dejу traslucir sus achaques y, mбs bien, se esforzу por levantar el бnimo a sus compaсeros y ayudar los a resistir las penalidades que los aquejaban. El coronel R. H. Bertre, vнctima de la disenterнa, tuvo que dar media vuelta a Inglaterra en la escala de Madeira. El que resistнa mejor era Louis Barnes, conocedor de la agricultura Бfricana pues habнa vivido en Mozambique. El botбnico Wal ter Folk, experto en el caucho, sufrнa con el calor y padecнa neuralgias. Seymour Bell temнa la deshidrataciуn y andaba con una botella de agua en la mano de la que bebнa a sorbitos. Henry Fielgald habнa estado en la Amazonia un aсo antes, enviado por la Compaснa de Julio C. Arana, y daba consejos sobre cуmo defenderse de los mosquitos y las «malas tentaciones» de Iquitos.
Estas abundaban, cierto. Parecнa increнble que en una ciudad tan pequeсa y tan poco atractiva, una inmensa barriada enfangada con rъsticas construcciones de madera y adobe, cubiertas de hojas de palma, y unos cuantos edificios de material noble con techos de calamina y amplias mansiones de fachadas iluminadas con azulejos importados de Portugal, proliferaran de tal modo los bares, tabernas, prostнbulos y casas de juego, y las prostitutas de todas las razas y colores se exhibieran con tanta impudicia en las altas veredas desde las primeras horas del dнa. El paisaje era soberbio. Iquitos estaba a orillas de un afluente del Amazonas, el rнo Nanay, rodeada de una vegetaciуn exuberante, altнsimos бrboles, un permanente runrъn de la arboleda y aguas fluviales que cambiaban de color con los desplazamientos del sol. Pero pocas calles tenнan ve redas o asfalto, por ellas corrнan acequias arrastrando excrementos y basuras, habнa una pestilencia que al anochecer se espesaba hasta dar nбuseas, y la mъsica de los bares, burdeles y centros de diversiуn no cesaba las veinticuatro horas del dнa. Mr. Stirs, el cуnsul britбnico, que los recibiу en el embarcadero, indicу que Roger se alojarнa en su casa. La Compaснa habнa preparado una residencia para los comisionados. Esa misma noche, el prefecto de Iquitos, seсor Rey Lama, daba una cena en su honor.
Era poco despuйs del mediodнa y Roger, indicando que en vez del almuerzo preferнa descansar, se retirу a la habitaciуn. Le habнan preparado un sencillo cuarto con te las indнgenas de dibujos geomйtricos colgando de las paredes y una pequeсa terraza desde la cual se divisaba un pedazo de rнo. El ruido de la calle disminuнa aquн. Se tendiу sin siquiera quitarse la chaqueta ni los botines y al instante se quedу dormido. Lo invadiу una sensaciуn de paz que no habнa tenido a lo largo del mes y medio de viaje.
No soсу con los cuatro aсos de servicio consular que acababa de cumplir en Brasil —en Santos, Parб y Rнo de Janeiro— sino con aquel aсo y medio que pasу en Ir landa entre 1904 y 1905, luego de esos meses de sobre excitaciуn y trajнn demenciales, mientras el Gobierno britбnico preparaba la publicaciуn de su