Las picaduras de los mosquitos lo despertaron, sacбndolo de esa placentera siesta y sumiйndolo en el crepъsculo amazуnico. El cielo se habнa vuelto un arco iris. Se sentнa mejor: le ardнa menos el ojo y los dolores de la artritis habнan amainado. Ducharse en casa de Mr. Stirs resultу una operaciуn complicada: el tubo de la regadera salнa de un recipiente al que iba echando baldes de agua un sirviente mientras Roger se jabonaba y enjuagaba. El agua tenнa una temperatura templada que le hizo pensar en el Congo. Cuando bajу al primer piso, el cуnsul lo esperaba en la puerta, listo para conducirlo a la casa del prefecto Rey Lama.

Tuvieron que caminar unas cuadras, en medio de un terral que obligaba a Roger a tener los ojos entrecerrados. Tropezaban en la media oscuridad con los huecos, piedras y basuras de la calle. El ruido habнa aumentado. Cada vez que cruzaban la puerta de un bar la mъsica crecнa y se oнan brindis, peleas y griterнo de borrachos. Mr. Stirs, entrado en aсos, viudo y sin hijos, llevaba media do cena de aсos en Iquitos y parecнa un hombre sin ilusiones y cansado.

—їQuй ambiente hay en la ciudad hacia esta Comisiуn? —preguntу Roger Casement.

—Francamente hostil —repuso el cуnsul, de in mediato—. Supongo que ya lo sabe, medio Iquitos vive del seсor Arana. Mejor dicho, de las empresas del seсor Julio C. Arana. La gente sospecha que la Comisiуn trae malas intenciones contra quien le da empleo y comida.

—їPodemos esperar alguna ayuda de las autoridades?

—Mбs bien, todos los obstбculos del mundo, seсor Casement. Las autoridades de Iquitos tambiйn dependen del seсor Arana. Ni el prefecto, ni los jueces, ni los mili tares reciben sus sueldos del Gobierno hace muchos meses. Sin el seсor Arana se morirнan de hambre. Tenga en cuenta que Lima estб mбs lejos de Iquitos que New York y Londres, por la falta de transporte. Son dos meses de viaje en el mejor de los casos.

—Va a ser mбs complicado de lo que me imaginй —comentу Roger.

—Usted y los seсores de la Comisiуn deben ser muy prudentes —aсadiу el cуnsul, ahora sн vacilando y bajando la voz—. No aquн en Iquitos. Allб, en el Putumayo. En esas lejanнas podrнa pasarles cualquier cosa. Ese es un mundo bбrbaro, sin ley ni orden. Ni mбs ni menos que el Congo, me figuro.

La Prefectura de Iquitos estaba en la Plaza de Ar mas, un gran canchуn de tierra sin бrboles ni flores, don de, le indicу el cуnsul seсalбndole una curiosa estructura de hierro que parecнa un mecano a medio hacer, se estaba armando una casa de Eiffel («Sн, el mismo Eiffel de la Torre de Parнs»). Un cauchero prуspero se la habнa comprado en Europa, la trajo desarmada a Iquitos y ahora la estaban rehaciendo para que fuera el mejor club social de la ciudad.

La Prefectura ocupaba casi media cuadra. Era un caserуn deslavazado, de un solo piso, sin gracia ni formas, de habitaciones grandes, con ventanas enrejadas, que se dividнa en dos alas, una dedicada a oficinas y otra a la residencia del prefecto. El seсor Rey Lama, un hombre alto, canoso, de grandes bigotes encerados en las puntas, lleva babotas, pantalуn de montar, una camisa cerrada en el cuello y una extraсa chaquetilla con adornos bordados. Hablaba algo de inglйs y dio a Roger Casement una bien venida excesivamente cordial, de ampulosa retуrica. Los miembros de la Comisiуn ya estaban todos allн, embutidos en sus trajes de noche, transpirando. El prefecto fue pre sentando a Roger a los demбs invitados: magistrados de la Corte Superior, el coronel Arnбez, jefe de la Guarniciуn, el padre Urrutia, superior de los agustinos, el seсor Pablo Zumaeta, gerente general de la Peruvian Amazon Company y cuatro o cinco personas mбs, comerciantes, el jefe de la Aduana, el director de El Oriental. No habнa una sola mujer en el grupo. Oyу descorchar champagne. Les ofrecieron vasos de un vino blanco espumoso que, aunque tibio, le pareciу de buena calidad, sin duda francйs.

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