Habнan preparado la cena en un gran patio, iluminado con lбmparas de aceite. Un sinnъmero de sirvientes indнgenas, descalzos y con mandiles, servнan bocaditos y traнan fuentes de comida. Era una noche templada y en el cielo titilaban algunas estrellas. Roger se sorprendiу de la facilidad con que entendнa el habla de los loretanos, un espaсol algo sincopado y musical en el que reconociу expresiones brasileсas. Sintiу alivio: podrнa entender mucho de lo que oirнa en el viaje y esto, aunque llevara un intйrprete, facilita rнa la investigaciуn. A su alrededor, en la mesa, donde acababan de servirles una grasosa sopa de tortuga que deglutiу con dificultad, habнa varias conversaciones a la vez, en inglйs, en espaсol, en portuguйs, con intйrpretes que las interrumpнan creando parйntesis de silencio. De pronto, el prefecto, sentado frente a Roger y los ojos ya achispados con los vasos de vino y cerveza, chasqueу las manos. Todos callaron. Hizo un brindis por los reciйn llegados. Les deseу feliz estancia, una exitosa misiуn y que disfrutaran de la hospitalidad amazуnica. «Loretana y especialmente iquiteсa», aсadiу.

Apenas se sentу, se dirigiу a Roger en voz lo bastante alta como para que cesaran las conversaciones particulares y se entablara otra, con participaciуn de la veintena de asistentes.

—їMe permite una pregunta, estimado seсor cуnsul? їCuбl es exactamente el objetivo de su viaje y de esta Comisiуn? їQuй vienen ustedes a averiguar, aquн? No lo tome como una impertinencia. Todo lo contrario. Mi de seo, y el de todas las autoridades, es ayudarlos. Pero tenemos que saber para quй los envнa la Corona britбnica. Un gran honor para la Amazonia, desde luego, del que quisiйramos mostrarnos dignos.

Roger Casement habнa entendido casi todo lo que dijo Rey Lama, pero esperу, paciente, que el intйrprete tradujera sus palabras al inglйs.

—Como sin duda sabe, en Inglaterra, en Europa, ha habido denuncias sobre atrocidades que se habrнan cometido contra los indнgenas —explicу, con calma—. Torturas, asesinatos, acusaciones muy graves. La principal compaснa cauchera de la regiуn, la del seсor Julio C. Arana, la Peruvian Amazon Company, es, me imagino que estб enterado, una compaснa inglesa, registrada en la Bolsa de Londres. Ni el Gobierno ni la opiniуn pъblica tolerarнan en Gran Bretaсa que una compaснa inglesa violara asн las leyes humanas y divinas. La razуn de ser de nuestro viaje es investigar quй hay de cierto en aquellas acusaciones. A la Comisiуn la envнa la propia Compaснa del seсor Julio C. Arana. A mн, el Gobierno de Su Majestad.

Un helado silencio habнa caнdo sobre el patio des de que Roger Casement abriу la boca. El ruido de la ca lle parecнa haber disminuido. Se advertнa una inmovilidad curiosa, como si todos esos seсores que, un momento atrбs, bebнan, comнan, conversaban, se movнan y gesticulaban, hubieran sido vнctimas de una sъbita parбlisis. Roger tenнa las miradas puestas sobre йl. Un clima de recelo y desaprobaciуn habнa reemplazado la atmуsfera cordial.

—La Compaснa de Julio C. Arana estб dispuesta a colaborar en defensa de su buen nombre —dijo, casi gritando, el seсor Pablo Zumaeta—. No tenemos nada que ocultar. El barco en el que van al Putumayo es el mejor de nuestra empresa. Allб tendrбn todas las facilidades, para que comprueben con sus propios ojos lo infame de esas calumnias.

—Se lo agradecemos, seсor —asintiу Roger Casement.

Y, en ese mismo momento, en un rapto inusual en йl, decidiу someter a sus anfitriones a una prueba, que, estaba seguro, desencadenarнa reacciones instructivas para йl y los comisionados. Con la voz natural que hubiera empleado para hablar del tenis o la lluvia, preguntу:

—A propуsito, seсores. їSaben ustedes si el periodista Benjamнn Saldaсa Roca, espero pronunciar correctamente su nombre, se encuentra en Iquitos? їSerнa posible hablar con йl?

Su pregunta hizo el efecto de una bomba. Los asistentes cambiaban miradas de sorpresa y disgusto. Un largo silencio siguiу a sus palabras, como si nadie osara tocar un tema tan espinoso.

—ЎPero, cуmo! —exclamу por fin el prefecto, exagerando teatralmente el aspaviento—. їHasta Londres ha llegado el nombre de ese chantajista?

—Asн es, seсor —asintiу Roger Casement—. Las denuncias del seсor Saldaсa Roca y las del ingeniero Walter Hardenburg hicieron estallar en Londres el escбndalo sobre las caucherнas del Putumayo. Nadie ha contestado mi pregunta: їestб en Iquitos el seсor Saldaсa Roca? їPodrй verlo?

Hubo otro largo silencio. La incomodidad de los asistentes era notoria. Por fin hablу el superior de los agustinos:

—Nadie sabe dуnde estб, seсor Casement —dijo el padre Urrutia, con un espaсol castizo que se diferencia banнtidamente del de los loretanos. A йl, Roger tenнa mбs dificultad para entenderle—. Desapareciу de Iquitos hace ya algъn tiempo. Se dice que estб en Lima.

—Si no hubiera huido, los iquiteсos lo habrнamos linchado —afirmу un anciano, agitando un puсo colйrico.

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