—Iquitos es tierra de patriotas —exclamу Pablo Zumaeta—. Nadie le perdona a ese sujeto que inventara esas canalladas para desprestigiar al Perъ y hundir a la empresa que ha traнdo el progreso a la Amazonia.

—Lo hizo porque no le resultу la pillerнa que habнa preparado —aсadiу el prefecto—. їLes informaron que Saldaсa Roca, antes de publicar esas infamias, tratу de sacar dinero a la Compaснa del seсor Arana?

—Como nos negamos, publicу todo ese cuento chino sobre el Putumayo —afirmу Pablo Zumaeta—. Estб enjuiciado por libelo, calumnia y coacciуn y lo espera la cбrcel. Por eso huyу.

—No hay como estar sobre el terreno para enterarse de las cosas —comentу Roger Casement.

Las conversaciones particulares deshicieron la conversaciуn general. La cena prosiguiу con un plato de pescados amazуnicos, uno de los cuales, llamado gamitana, le pareciу a Casement de carne delicada y sabrosa. Pero el condimento le dejу un fuerte ardor en la boca.

Al terminar la cena, luego de despedirse del prefecto, conversу brevemente con sus amigos de la Comisiуn. Segъn Seymour Bell habнa sido una imprudencia tocar de modo abrupto el tema del periodista Saldaсa Roca, que irritaba tanto a los notables de Iquitos. Pero Louis Bames lo felicitу pues, dijo, les habнa permitido estudiar la airada reacciуn de esta gente contra el periodista.

—Es una pena que no podamos hablar con йl —re puso Casement—. Me hubiera gustado conocerlo.

Se despidieron y Roger y el cуnsul regresaron caminando a casa de este ъltimo, por la misma ruta que habнan venido. El bullicio, la francachela, los cantos, bailes, brindis y peleas habнan subido de tono y a Roger le sorprendiу la abundancia de chiquillos —desarrapados, semidesnudos, descalzos— apostados en las puertas de bares y prostнbulos, espiando con caras picaras lo que ocurrнa adentro. Habнa tambiйn muchos perros escarbando las basuras.

—No pierda su tiempo buscбndolo, porque no lo va a encontrar —dijo el seсor Stirs—. Lo mбs probable es que Saldaсa Roca estй muerto.

Roger Casement no se sorprendiу. El tambiйn sospechaba, al ver la violencia verbal que el solo nombre del periodista habнa provocado, que su desapariciуn fuera definitiva.

—їUsted lo conociу?

El cуnsul tenнa una calva redonda y su crбneo re lucнa como si estuviera lleno de gotitas de agua. Caminaba despacio, tentando las tierras fangosas con su bastуn, temeroso tal vez de pisar una serpiente o una rata.

—Conversamos dos o tres veces —dijo Mr. Stirs—. Era un hombre bajito y un poco contrahecho. Lo que aquн llaman un cholo, un cholito. Es decir, un mestizo. Los cholos suelen ser suaves y ceremoniosos. Pero Saldaсa Ro ca, no. Era brusco, muy seguro de sн mismo. Con una de esas miradas fijas que tienen los creyentes y los fanбticos y que a mн, la verdad, me ponen siempre muy nervioso. Mi temperamento no va por ahн. No tengo gran admiraciуn por los mбrtires, seсor Casement. Ni por los hйroes. Esas gentes que se inmolan por la verdad o la justicia a menudo hacen mбs daсo del que quieren remediar.

Roger Casement no dijo nada: trataba de imaginar se a ese hombre pequeсo, con deformaciones fнsicas, de un corazуn y una voluntad parecidas a las de Edmund D. Morel. Un mбrtir y un hйroe, sн. Lo imaginaba entintando con su propias manos las planchas metбlicas de sus semanarios La Felpa y La Sanciуn. Los editarнa en una pequeсa imprenta artesanal que, sin duda, funcionarнa en un rincуn de su hogar. Esta vivienda modesta serнa, tambiйn, la redacciуn y la administraciуn de sus dos periodiquitos.

—Espero que no tome usted a mal mis palabras —se excusу el cуnsul britбnico, arrepentido de pronto de lo que acababa de decir—. El seсor Saldaсa Roca fue muy valiente haciendo esas denuncias, por supuesto. Un temerario, poco menos que un suicida, al presentar una denuncia judicial contra la Casa Arana por torturas, secuestros, flagelaciones y crнmenes en las caucherнas del Putumayo. El no era ningъn ingenuo. Sabнa muy bien lo que le iba a ocurrir.

—їQuй le ocurriу?

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