—Lo previsible —dijo el seсor Stirs, sin pizca de emociуn—. Le quemaron la imprenta de la calle Moro na. La puede usted ver aъn, toda chamuscada. Le tirotearon la casa, tambiйn. Los disparos estбn a la vista todavнa, en la calle Prуspero. Tuvo que sacar a su hijo del colegio de los padres agustinos, porque los compaсeros le hacнan la vida imposible. Se vio obligado a despachar a su familia a algъn sitio secreto, quiйn sabe cuбl, pues su vida peligraba. Tuvo que cerrar sus dos periodiquitos porque nadie le volviу a dar un aviso ni imprenta alguna de Iquitos aceptу imprimirlos. Dos veces lo balearon en la calle, como advertencia. Las dos veces se salvу de milagro. Una de ellas lo dejу cojo, con una bala incrustada en la pantorrilla. La ъltima vez que se lo vio fue en febrero de 1909, en el malecуn. Lo llevaban a empujones hacia el rнo. Tenнa la cara hinchada por los golpes que le habнa dado una pandilla. Lo treparon a una embarcaciуn con rumbo a Yurimaguas. Nunca mбs se supo de йl. Puede ser que con siguiera huir a Lima. Ojalб. Tambiйn que, amarrado de pies y manos y con heridas sangrantes, lo echaran al rнo para que las piraсas acabaran con йl. Si fue asн, sus huesos, que es lo ъnico que no se comen esos bichos, ya deben haber llegado al Atlбntico. Supongo que no le digo nada que usted no sepa. En el Congo verнa historias iguales o peores.

Habнan llegado a la casa del cуnsul. Este encendiу la lamparilla de la salita de la entrada y ofreciу a Casement una copa de oporto. Se sentaron junto a la terraza y encendieron cigarrillos. La luna habнa desaparecido detrбs de unas nubes pero quedaban estrellas en el cielo. Al bullicio lejano de las calles se mezclaba el sincrуnico rumor de los insectos y el chapaleo de las aguas al chocar contra las ramas y juncos de las orillas.

—їDe quй le sirviу tanta valentнa al pobre Benjamнn Saldaсa Roca? —reflexionу el cуnsul, alzando los hombros—. De nada. Desgraciу a su familia y a lo mejor perdiу la vida. Nosotros, aquн, perdimos esos dos periodiquitos, La Felpa y La Sanciуn, que era divertido leer todas las semanas, por sus chismografнas.

—No creo que su sacrificio fuera totalmente inъtil —lo corrigiу Roger Casement, suavemente—. Sin Saldaсa Roca, no estarнamos aquн. A menos, claro, que usted piense que nuestra venida tampoco servirб para nada.

—Dios no lo quiera —exclamу el cуnsul—. Tiene usted razуn. Todo el escбndalo allб en Estados Unidos, en Europa. Sн, Saldaсa Roca empezу todo eso con sus denuncias. Y, luego, las de Walter Hardenburg. He dicho una tonterнa. Espero que su venida sirva de algo y que cambien las cosas. Perdуneme, seсor Casement. Vivir tantos aсos en la Amazonia me ha vuelto un poco escйptico sobre la idea de progreso. En Iquitos, uno termina por no creer en nada de eso. Sobre todo, en que algъn dнa la justicia vaya a hacer retroceder a la injusticia. Tal vez sea hora de que regrese a Inglaterra, a darme un baсo de optimismo inglйs. Ya veo que a usted todos estos aсos sirviendo a la Corona en Brasil no lo han vuelto pesimista. Quiйn como usted. Lo envidio.

Cuando se dieron las buenas noches y se retiraron a sus habitaciones, Roger permaneciу desvelado mucho rato. їHabнa hecho bien en aceptar este encargo? Cuando, unos meses atrбs, sir Edward Grey, el ministro de Relaciones Exteriores, lo llamу a su despacho y le dijo: «El escбndalo sobre los crнmenes del Putumayo ha alcanzado unos lнmites intolerables. La opiniуn pъblica exige que el Gobierno haga algo. Nadie como usted para viajar allб. Irб tambiйn una comisiуn investigadora, de gente independiente que la propia Peruvian Amazon Company ha decidido enviar. Pero yo quiero que usted, aunque viaje con ellos, prepare un informe personal para el Gobierno. Usted tiene gran prestigio por lo que hizo en el Congo. Es un especialista en atrocidades. No puede negarse». Su primera reacciуn habнa sido buscar una excusa y rehusar. Luego, reflexionando, se dijo que, precisamente por su labor en el Congo, tenнa la obligaciуn moral de aceptar. їHabнa hecho bien? El escepticismo de Mr. Stirs le parecнa un mal presagio. De tanto en tanto, la expresiуn de sir Edward Grey, «especialista en atrocidades», le repicaba en la cabeza.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги