A diferencia del cуnsul, йl creнa que Benjamнn Saldaсa Roca habнa prestado un gran servicio a la Amazonia, a su paнs, a la humanidad. Las acusaciones del periodista en
Su primera reacciуn fue la incredulidad: el periodista ese, partiendo de hechos reales, habнa magnificado de tal modo los abusos que sus artнculos transpiraban irrealidad, e, incluso, una imaginaciуn algo sбdica. Pero inmediatamente Roger recordу que йsa habнa sido la reacciуn de muchos ingleses, europeos y norteamericanos, cuando йl y Morel hicieron pъblicas las iniquidades en el Estado Independiente del Congo: la incredulidad. Asн se defendнa el ser humano contra todo aquello que mostraba las indescriptibles crueldades a las que podнa llegar azuza do por la codicia y sus malos instintos en un mundo sin ley. Si esos horrores habнan ocurrido en el Congo їpor quй no podнan haber ocurrido en la Amazonia?
Angustiado, se levantу de la cama y fue a sentarse en la terraza. El cielo estaba oscuro y habнan desaparecido tambiйn las estrellas. Habнa menos luces en direcciуn de la ciudad, pero el bullicio continuaba. Si las denuncias de Saldaсa Roca eran ciertas, lo probable era que, como creнa el cуnsul, el periodista hubiera terminado aventado al rнo atado de pies y manos y sangrando para atizar el apetito de las piraсas. La manera fatalista y cнnica de Mr. Stirs lo irritaba. Como si aquello no ocurriera porque habнa gente cruel, sino por determinaciуn fatнdica, como se mueven los astros o se levantan las mareas. Lo habнa llamado «un fanбtico». їUn fanбtico de la justicia? Sн, sin duda. Un temerario. Un hombre modesto, sin dinero ni influencias. Un Morel amazуnico. їUn creyente, tal vez? Lo habнa hecho porque creнa que el mundo, la sociedad, la vida, no podнan seguir siendo esa vergьenza. Roger pensу en su juventud, cuando la experiencia de la maldad y el sufrimiento, en el Бfrica, lo inundaron de aquel sentimiento beligerante, de aquella voluntad pugnaz de hacer cualquier cosa para que el mundo mejorara. Sentнa algo fraterno por Saldaсa Roca. Le hubiera gustado estrechar su mano, ser su amigo, decirle: «Ha hecho usted algo hermoso y noble de su vida, seсor».
їHabrнa estado allб, en el Putumayo, en la gigantes ca regiуn donde operaba la Compaснa de Julio C. Arana? їSe habrнa ido a meter йl mismo en la boca del lobo? Sus artнculos no lo decнan pero las precisiones de nombres, lugares, fechas, indicaban que Saldaсa Roca habнa sido testigo ocular de aquello que contaba. Roger habнa leнdo tantas veces los testimonios de Saldaсa Roca y de Walter Hardenburg que a ratos le parecнa haber estado allб, en persona.
Cerrу los ojos y vio la inmensa regiуn, dividida en estaciones, las principales de las cuales eran La Chorrera y El Encanto, cada una de ellas con su jefe. «O, mejor dicho, su monstruo». Eso y sуlo eso podнan ser gentes como Vнctor Macedo y Miguel Loaysa, por ejemplo. Ambos habнan protagonizado, a mediados de 1903, su hazaсa mбs memorable. Cerca de ochocientos ocaimas llegaron a La Chorrera a entregar las canastas con las bolas de caucho recogido en los bosques. Despuйs de pesarlas y almacenar las, el subadministrador de La Chorrera, Fidel Velarde, seсalу a su jefe, Vнctor Macedo, que estaba allн con Miguel Loaysa, de El Encanto, a los veinticinco ocaimas apartados del resto porque no habнan traнdo la cuota mнnima de jebe —lбtex o caucho— a que estaban obligados. Macedo y Loaysa decidieron dar una buena lecciуn a los salvajes. Indicando a sus capataces —los negros de Barbados— que tuvieran a raya al resto de los ocaimas con sus mбuseres, ordenaron a los «muchachos» que envolvieran a los veinticinco en costales empapados de petrуleo. Entonces, les prendieron fuego. Dando alaridos, convertidos en antorchas humanas, algunos consiguieron apagar las llamas revolcбndose sobre la tierra pero quedaron con terribles quemaduras. Los que se arrojaron al rнo como bуlidos llameantes se ahogaron. Macedo, Loaysa y Velarde remata ron a los heridos con sus revуlveres. Cada vez que evocaba aquella escena, Roger sentнa vйrtigo.