Le tomу varias placas, entre las risas y burlas de sus amigos, haciйndolo quitarse el gorro de papel, levantar los brazos, mostrar los mъsculos y adoptar la postura de un discуbolo. Para esto ъltimo tuvo que tocar un instante el brazo del muchacho. Sintiу que tenнa las manos empapa das por los nervios y el calor. Dejу de tomar fotografнas cuando advirtiу que estaba rodeado de chiquillos harapientos que lo observaban como a un bicho raro. Alcanzу las monedas al muchacho y regresу de prisa al consulado.

Sus amigos de la Comisiуn, sentados a la mesa, desayunaban con el cуnsul. Se uniу a ellos, explicбndoles que todos los dнas comenzaba la jornada dando una buena caminata. Mientras tomaban una taza de cafй aguado y dulzуn, con trozos de yuca frita, Mr. Stirs les explicу quiйnes eran los barbadenses. Comenzу por prevenirlos que los tres habнan trabajado en el Putumayo, pero habнan terminado en malos tйrminos con la Compaснa de Arana. Se sentнan engaсados y estafados por la Peruvian Amazon Company y por lo tanto su testimonio estarнa cargado de resentimiento. Les sugiriу que los barbadenses no comparecieran ante todos los miembros de la Comisiуn a la vez porque se sentirнan intimidados y no abrirнan la boca. Decidieron dividirse en grupos de dos o tres para la comparecencia.

Roger Casement hizo pareja con Seymour Bell, quien, como esperaba, al poco rato de comenzada la entrevista con el primer barbadense, alegando su problema de deshidrataciуn dijo que no se sentнa bien y partiу, dejбndolo solo con aquel antiguo capataz de la Casa Arana.

Se llamaba Eponim Thomas Campbell y no estaba seguro de su edad, aunque creнa no tener mбs de treinta y cinco aсos. Era un negro de pelos largos ensortijados en los que brillaban algunas canas. Vestнa una blusa descolorida abierta en el pecho hasta el ombligo, un pantalуn de crudo que sуlo le llegaba a los tobillos, sujeto a la cintura con un pedazo de cuerda. Iba descalzo y sus enormes pies, de uсas largas y muchas costras, parecнan de piedra. Su inglйs estaba lleno de expresiones coloquiales que a Roger le costaba trabajo entender. A veces se mezclaba con pa labras portuguesas y espaсolas.

Usando un lenguaje sencillo, Roger le asegurу que su testimonio serнa confidencial y que en ningъn caso se verнa comprometido por lo que declarara. El ni siquiera tomarнa notas, se limitarнa a escuchar. Sуlo le pedнa una informaciуn veraz sobre lo que ocurrнa en el Putumayo.

Estaban sentados en la pequeсa terraza que daba al dormitorio de Casement y en la mesita, frente al banco que compartнan, habнa una jarra con jugo de papaya y dos vasos. Eponim Thomas Campbell habнa sido contratado hacнa siete aсos en Bridgetown, la capital de Barbados, con otros dieciocho barbadenses por el seсor Lizardo Arana, hermano de don Julio Cйsar, para trabajar como capataz en una de las estaciones en el Putumayo. Y ahн mismo comenzу el engaсo porque, cuando lo contrataron, nunca le dije ron que tendrнa que dedicar buena parte de su tiempo a las «correrнas».

—Explнqueme quй son las «correrнas» —dijo Casement.

Salir a cazar indios en sus aldeas para que vengan a recoger caucho en las tierras de la Compaснa. Los que fuera: huitotos, ocaimas, muinanes, nonuyas, andoques, rezнgaros o boras. Cualquiera de los que habнa por la regiуn. Porque todos, sin excepciуn, eran reacios a recoger jebe. Habнa que obligarlos. Las «correrнas» exigнan larguнsimas expediciones, y, a veces, para nada. Llegaban y las aldeas estaban desiertas. Sus habitantes habнan huido. Otras veces, no, felizmente. Les caнan a balazos para asustarlos y para que no se defendieran, pero lo hacнan, con sus cerbatanas y garrotes. Se armaba la pelea. Luego habнa que arrearlos, atados del pescuezo, a los que estuvieran en condiciones de caminar, hombres y mujeres. Los mбs viejos y los reciйn nacidos eran abandonados para que no atrasaran la marcha. Eponim nunca cometiу las crueldades gratuitas de Armando Normand, pese a haber trabajado a sus уrdenes por dos aсos en Matanzas, donde el seсor Normand era administrador.

—їCrueldades gratuitas? —lo interrumpiу Roger—. Deme algunos ejemplos.

Eponim se revolviу en la banca, incуmodo. Sus grandes ojos bailotearon en sus уrbitas blancas.

—El seсor Normand tenнa sus excentricidades —murmurу, quitбndole la vista—. Cuando alguien se por taba mal. Mejor dicho, cuando no se portaba como йl esperaba. Le ahogaba sus hijos en el rнo, por ejemplo. El mismo. Con sus propias manos, quiero decir.

Hizo una pausa y explicу que, a йl, las excentricidades del seсor Normand lo ponнan nervioso. De una persona tan rara se podнa esperar cualquier cosa, incluso que un dнa le diera el capricho de vaciar su revуlver en la persona que tuviera mбs cerca. Por eso pidiу que lo cambiaran de estaciуn. Cuando lo pasaron a Ultimo Retiro, cuyo ad ministrador era el seсor Alfredo Montt, Eponim durmiу mбs tranquilo.

—їAlguna vez tuvo usted que matar indios en el ejercicio de sus funciones?

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