Roger vio que los ojos del barbadense lo miraban, se escabullнan y volvнan a mirarlo.

—Formaba parte del trabajo —admitiу, encogiendo los hombros—. De los capataces y de los «muchachos», a los que llaman tambiйn «racionales». En el Putumayo corre mucha sangre. La gente termina por acostumbrarse. Allб la vida es matar y morir.

—їMe dirнa cuбnta gente tuvo usted que matar, seсor Thomas?

—Nunca llevй la cuenta —repuso Eponim con prontitud—. Hacнa el trabajo que tenнa que hacer y pro curaba pasar la pбgina. Yo cumplн. Por eso sostengo que la Compaснa se portу muy mal conmigo.

Se enfrascу en un largo y confuso monуlogo contra sus antiguos empleadores. Lo acusaban de estar comprometido con la venta de una cincuentena de huitotos a una caucherнa de colombianos, los seсores Iriarte, con los que la Compaснa del seсor Arana andaba siempre peleбndose por los braceros. Era mentira. Eponim juraba y rejuraba que йl no habнa tenido nada que ver con la desapariciуn de esos huitotos de Ultimo Retiro que, se supo despuйs, reaparecieron trabajando para los colombianos. Quien los habнa vendido era el propio administrador de esa estaciуn, Alfredo Montt. Un codicioso y un avaro. Para ocultar su culpa los denunciу a йl y a Dayton Cranton y Simbad Douglas. Puras calumnias. La Compaснa le creyу y los tres capataces tuvieron que huir. Pasaron penalidades terribles para llegar a Iquitos. Los jefes de la Compaснa, allб en el Putumayo, habнan dado orden a los «racionales» de matar a los tres barbadenses donde los encontraran. Ahora, Eponim y sus dos compaсeros vivнan de la mendicidad y trabajitos eventuales. La Compaснa se negaba a pagarles los pasajes de regreso a Barbados. Los habнa denunciado por abandono del trabajo y el juez de Iquitos dio la razуn a la Casa Arana, por supuesto.

Roger le prometiу que el Gobierno se encargarнa de repatriarlos a йl y a sus dos colegas, ya que eran ciudadanos britбnicos.

Exhausto, fue a tumbarse en su cama apenas despidiу a Eponim Thomas Campbell. Sudaba, le dolнa el cuerpo y sentнa un malestar itinerante que iba atormentбndolo a pocos, уrgano por уrgano, de la cabeza a los pies. El Congo. La Amazonia. їNo habнa pues lнmites para el sufrimiento de los seres humanos? El mundo estaba plagado de esos enclaves de salvajismo que lo esperaban en el Putumayo. їCuбntos? їCientos, miles, millones? їSe podнa derrotar a esa hidra? Se le cortaba la cabeza en un lugar y reaparecнa en otro, mбs sanguinaria y horripilante. Se quedу dormido.

Soсу con su madre, en un lago de Gales. Brillaba un sol tenue y esquivo entre las hojas de los altos robles, y, agitado, con palpitaciones, vio asomar al joven musculoso al que habнa fotografiado esta maсana en el malecуn de Iquitos. їQuй hacнa en aquel lago galйs? їO era un lago irlandйs, en el Ulster? La espigada silueta de Anne Jephson desapareciу. Su desasosiego no se debнa a la tristeza y la piedad que provocaba en йl aquella humanidad esclaviza da en el Putumayo, sino a la sensaciуn de que, aunque no la veнa, Anne Jephson andaba por los alrededores espiбndolo desde aquella arboleda circular. El temor, sin embargo, no atenuaba la creciente excitaciуn con que veнa acercarse al muchacho de Iquitos. Tenнa el torso empapado por el agua del lago de cuyas aguas acababa de emerger como un dios lacustre. A cada paso sus mъsculos sobresalнan y habнa en su cara una sonrisa insolente que lo hizo estremecerse y gemir en el sueсo. Cuando despertу, comprobу con asco que habнa eyaculado. Se lavу y se cambiу el pantalуn y el calzoncillo. Se sentнa avergonzado e inseguro.

Encontrу a los miembros de la Comisiуn abrumados por los testimonios que acababan de recibir de los barbadenses Dayton Cranton y Simbad Douglas. Los ex capataces habнan sido tan crudos en sus declaraciones como Eponim con Roger Casement. Lo que mбs los espantaba era que tanto Dayton como Simbad parecнan sobre todo obsesionados por desmentir que ellos hubieran «vendido» esos cincuenta huitotos a los caucheros colombianos.

—No les preocupaban lo mбs mнnimo las flagelaciones, mutilaciones ni asesinatos —repetнa el botбnico Walter Folk, quien no parecнa sospechar la maldad que puede suscitar la codicia—. Semejantes horrores les pare cen lo mбs natural del mundo.

—Yo no pude aguantar toda la declaraciуn de Simbad —confesу Henry Fielgald—. Tuve que salir a vomitar.

—Ustedes han leнdo la documentaciуn que reuniу el Foreign Office —les recordу Roger Casement—. їCreнan que las acusaciones de Saldaсa Roca y de Hardenburg eran puras fantasнas?

—Fantasнas, no —replicу Walter Folk—. Pero, sн, exageraciones.

—Despuйs de este aperitivo, me pregunto quй vamos a encontrar en el Putumayo —dijo Louis Barnes.

—Habrбn tomado precauciones —sugiriу el botбnico—. Nos mostrarбn una realidad muy maquillada.

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