Los comisionados bebieron de sus vasos de agua o cerveza, confusos y desmoralizados. «їCuбntos de ellos estarбn ya buscando un pretexto para regresar a Europa?», pensaba Roger. No preveнan nada de esto, sin duda. Con la excepciуn tal vez de Louis Barnes, que habнa vivido en Бfrica, los otros no imaginaban que en el resto del mundo no todo funcionaba de la misma manera que en el Imperio britбnico.
—їHay autoridades en la regiуn que vamos a visitar? —preguntу Roger.
—Salvo inspectores que pasan por allн a la muerte de un obispo, ninguna —dijo Rey Lama—. Es una regiуn muy alejada. Hasta hace pocos aсos, selva virgen, poblada sуlo por tribus salvajes. їQuй autoridad podнa mandar el Gobierno allб? їY a quй? їA que se la comieran los canнbales?
Si ahora hay vida comercial allб, trabajo, un comienzo de modernidad, se debe a Julio C. Arana y sus hermanos. De ben considerar eso, tambiйn. Ellos han sido los primeros en conquistar esas tierras peruanas para el Perъ. Sin la Compaснa, todo el Putumayo hubiera sido ya ocupado por Colombia, que buena gana le tiene a esa regiуn. No pueden dejar de lado ese aspecto, seсores. El Putumayo no es Inglaterra. Es un mundo aislado, remoto, de paganos que, cuando tienen hijos mellizos o con alguna deformaciуn fнsica, los ahogan en el rнo. Julio C. Arana ha sido un pionero, ha llevado allб barcos, medicinas, la religiуn catуlica, vestidos, el espaсol. Los abusos deben ser sancionados, desde luego. Pero, no lo olviden, se trata de una tierra que despierta codicias. їNo les parece extraсo que en las acusaciones del seсor Hardenburg todos los caucheros peruanos sean unos monstruos y los colombianos unos arcбngeles llenos de compasiуn con los indнgenas? Yo he leнdo los artнculos de la revista
Acezу, fatigado, y optу por tomar un trago de cerveza. Los mirу, uno por uno, con una mirada que parecнa decir: «Un punto a mi favor їcierto?».
—Flagelaciones, mutilaciones, violaciones, asesinatos —murmurу Henry Fielgald—. їA eso llama usted llevar la modernidad al Putumayo, seсor prefecto? No sуlo Hardenburg ha dado un testimonio. Tambiйn Saldaсa Roca, su compatriota. Tres capataces de Barbados, a los que interrogamos esta maсana, han confirmado esos horrores. Ellos mismos reconocen haberlos cometido.
—Deben ser castigados, entonces —afirmу el prefecto—. Y lo hubieran sido si en el Putumayo hubiera jueces, policнas, autoridades. Por ahora no hay nada, salvo barbarie. No defiendo a nadie. No excuso a nadie. Vayan. Vean con sus propios ojos. Juzguen por sн mismos. Mi Gobierno hubiera podido prohibirles el ingreso al Perъ, pues somos un paнs soberano y Gran Bretaсa no tiene por quй inmiscuirse en nuestros asuntos. Pero no lo ha hecho. Por el contrario, me ha dado instrucciones de otorgarles todas las facilidades. El presidente Leguнa es un gran admirador de Inglaterra, seсores. El quisiera que el Perъ sea un dнa un gran paнs, como el de ustedes. Por eso estбn aquн, libres de ir a cualquier parte y de averiguarlo todo.
Rompiу a llover a cбntaros. La luz amainу y el repiqueteo del agua contra la calamina era tan fuerte que pareciу que el techo se vendrнa abajo y las trombas de agua caerнan sobre ellos. Rey Lama habнa adoptado una expresiуn melancуlica.
—Tengo una esposa y cuatro hijos a los que adoro —dijo, con una sonrisa tristona—. Hace un aсo que no los veo y sabe Dios si los verй de nuevo. Pero, cuando el presidente Leguнa me pidiу que viniera a servir a mi paнs, en este rincуn apartado del mundo, no vacilй. No estoy aquн para defender a criminales, seсores. Todo lo contra rio. Sуlo les pido que comprendan que no es lo mismo trabajar, comerciar, montar una industria en el corazуn de la Amazonia, que hacerlo en Inglaterra. Si algъn dнa esta selva alcanza los niveles de vida de Europa occidental serб gracias a hombres como Julio C. Arana.
Estuvieron todavнa largo rato en la oficina del prefecto. Le hicieron muchas preguntas y йl contestу a todas, a veces de manera evasiva y a veces con crudeza. Roger Casement no acababa de hacerse una idea clara del personaje. A ratos le parecнa un cнnico representando un papel, y, otras, un buen hombre, con una responsabilidad abrumadora de la que trataba de salir lo mбs airoso que podнa. Una cosa era segura: Rey Lama sabнa que aquellas atrocidades existнan y no le gustaba, pero su trabajo le exigнa minimizarlas como pudiera.