Cuando se despidieron del prefecto habнa dejado de llover. En la calle, los techos de las casas goteaban todavнa, habнa charcos por doquier donde chapoteaban los sapos y el aire se habнa llenado de moscardones y zancudos que los acribillaron de picaduras. Cabizbajos, callados, fueron hacia la Peruvian Amazon Company, una amplia mansiуn con techo de tejas y azulejos en la fachada donde los esperaba el gerente general, Pablo Zumaeta, para la ъltima entrevista del dнa. Les quedaban unos minutos y dieron una vuelta al gran descampado que era la Plaza de Armas. Contemplaron, curiosos, la casa de metal del ingeniero Gustave Eiffel des plegando sus vйrtebras de fierro a la intemperie como el esqueleto de un animal antediluviano. Los bares y restaurantes de los alrededores estaban ya abiertos y la mъsica y el bullicio atronaban el atardecer de Iquitos.
La Peruvian Amazon Company, en la calle Perъ, a pocos metros de la Plaza de Armas, era la construcciуn mбs grande y sуlida de Iquitos. De dos pisos, construida con cemento y planchas metбlicas, tenнa sus muros pinta dos de verde claro y en la salita contigua a su oficina, donde Pablo Zumaeta los recibiу, habнa un ventilador de anchas aspas de madera suspendido del techo, inmуvil, esperando la electricidad. Pese al fuerte calor, el seсor Zumaeta, que debнa raspar la cincuentena, llevaba un traje oscuro con un chaleco de fantasнa, un corbatнn de lazo y unos botines que brillaban. Dio la mano ceremoniosamen te a cada uno y a todos les fue preguntando, en un espaсol marcado por el cantarнn acento amazуnico que Roger Casement habнa aprendido a identificar, si estaban bien alojados, si Iquitos era hospitalaria con ellos, si necesitaban algo. A todos les repitiу que tenнa уrdenes cablegrafiadas desde Londres por el seсor Julio C. Arana en persona de darles todas las facilidades para el йxito de su misiуn. Al nombrar a Arana, el gerente de la Peruvian Amazon Company hizo una reverencia al gran retrato que colgaba de una de las paredes.
Mientras unos domйsticos indios, descalzos y con tъnicas blancas, pasaban fuentes con bebidas, Casement contemplу un rato la cara seria, cuadrada, morena, de ojos penetrantes, del dueсo de la Peruvian Amazon Company. Arana llevaba la cabeza cubierta con una gorrita francesa (le bйret) y su traje parecнa cortado por uno de los buenos sastres parisinos o, acaso, del Savile Row de Londres. їSe rнa cierto que este todopoderoso rey del caucho con palacetes en Biarritz, Ginebra y los jardines del Kensington Road londinense, comenzу su carrera vendiendo sombre ros de paja por las calles de Rioja, la aldea perdida de la selva amazуnica donde naciу? Su mirada revelaba buena conciencia y gran satisfacciуn de sн mismo.
Pablo Zumaeta, a travйs del intйrprete, les anunciу que el mejor barco de la Compaснa, el
—Les he preparado esta documentaciуn, adelantбndome a algunas de sus preocupaciones —explicу—. Son las disposiciones de la Compaснa a los administrado res, jefes, subjefes y capataces de estaciones en lo que con cierne al trato del personal.
Zumaeta disimulaba su nerviosismo elevando la voz y gesticulando. Mientras exhibнa los papeles llenos de inscripciones, sellos y firmas, enumeraba lo que contenнan con tono y ademanes de orador de plazuela:
—Prohibiciуn estricta de impartir castigos fнsicos a los indнgenas, esposas e hijos y allegados, y de ofenderlos de palabra u obra. Reprenderlos y aconsejarlos de manera severa cuando hayan cometido una falta comprobada. Segъn la gravedad de la falta, podrбn ser multados o, en caso de falta muy grave, despedidos. Si la falta tiene connotaciones delictivas, transferirlos a la autoridad competente mбs cercana.
Se demorу resumiendo las indicaciones, orientadas —lo repetнa sin cesar— a evitar que se cometieran «abusos contra los nativos». Hacнa parйntesis para explicar que, «siendo los seres humanos lo que son», aveces los emplea dos violaban esas disposiciones. Cuando ocurrнa, la Compaснa sancionaba al responsable.
—Lo importante es que hacemos lo posible y lo imposible para evitar que se cometan abusos en las caucherнas. Si se cometieron, fue excepcional, obra de algъn descarriado que no respetу nuestra polнtica para con los indнgenas.
Tomу asiento. Habнa hablado mucho y con tanta energнa que se lo notaba agotado. Se limpiу el sudor de la cara con un paсuelo ya empapado.
—їEncontraremos en el Putumayo a los jefes de estaciуn incriminados por Saldaсa Roca y por el ingeniero Hardenburg o habrбn huido?