Charlie fue el primero de los criados en volver, chorreando agua. «Anda a llamar al doctor Salabert», le ordenу Roger, no en francйs sino enlingala. El doctor Salabert era uno de los dos mйdicos de Boma, antiguo puerto negrero —se llamaba entonces Mboma— donde, en el siglo xvi, venнan los traficantes portugueses de la isla de San to Tomй a comprar esclavos a los jefezuelos tribales del desaparecido reino del Kongo y convertido ahora por los belgas en la capital del Estado Independiente del Congo. A diferencia de Matadi, en Boma no habнa un hospital, sуlo un dispensario para casos de urgencia atendido por dos monjas flamencas. El facultativo llegу media hora despuйs, arrastrando los pies y ayudбndose con un bastуn. Era menos viejo de lo que parecнa, pero el rudo clima y, sobre todo, el alcohol lo habнan avejentado. Parecнa un anciano. Vestнa como un vagabundo. Sus botines carecнan de cordones y llevaba el chaleco desabrochado. Pese a estar empezando el dнa, tenнa los ojos incendiados.

—Sн, mi amigo, malaria, quй va a ser. Vaya fiebrуn. Ya sabe el remedio: quinina, abundante lнquido, dieta de caldo, panatelas y mucho abrigo para sudar las infecciones. Ni sueсe en levantarse antes de dos semanas. Y menos en salir de viaje, ni a la esquina. Las tercianas demuelen el organismo, lo sabe de sobra.

No fueron dos sino tres semanas las que estuvo derribado por las fiebres y la tembladera. Perdiу ocho kilos y el primer dнa que pudo ponerse de pie a los pocos pasos se desplomу al suelo, exhausto, en un estado de debilidad que no recordaba haber sentido antes. El doctor Salabert, mirбndolo fijamente a los ojos y con voz cavernosa y бcido humor, le advirtiу:

—En su estado, serнa un suicidio emprender esa expediciуn. Su cuerpo estб en ruinas y no resistirнa ni si quiera el cruce de los Montes de Cristal. Mucho menos varias semanas de vida a la intemperie. No llegarнa ni a Mbanza-Ngungu. Hay maneras mбs rбpidas de matarse, seсor cуnsul: un balazo en la boca o una inyecciуn de estricnina. Si los necesita, cuente conmigo. He ayudado a varios a emprender el gran viaje.

Roger Casement telegrafiу al Foreign Office que su estado de salud lo obligaba a postergar la expediciуn.

Y como luego las lluvias tornaron intransitables los bosques y el rнo, la expediciуn al interior del Estado Independiente debiу esperar algunos meses mбs, que se convertirнan en un aсo. Un aсo mбs, recobrбndose lentнsimamente de las fiebres y tratando de recuperar el peso perdido, volviendo a empuсar la raqueta de tenis, a nadar, a jugar al bridge o al ajedrez para sortear las largas noches de Boma, mientras reanudaba las aburridas labores consulares: tomar nota de los barcos que llegaban y partнan, de las existencias que descargaban los mercantes de Amberes —fusiles, municiones, chicotes, vino, estampitas, crucifijos, cuentecillas de vidrios de colores— y las que se llevaban a Europa, las in mensas rumas de caucho, piezas de marfil y pieles de animales. ЎEste era el intercambio que, en su imaginaciуn juvenil, iba a salvar a los congoleses del canibalismo, de los mercaderes бrabes de Zanzнbar que controlaban la trata de esclavos y abrirles las puertas de la civilizaciуn!

Tres semanas estuvo tumbado por las fiebres palъdicas, delirando a ratos y tomando gotas de quinina disueltas en las infusiones de hierbas que le preparaban Charlie y Mawuku tres veces al dнa —su estуmago sуlo resistнa cal dos y trozos de pescado hervido o de pollo—, y jugando con John, su perro bulldog y su mбs fiel compaсero. Ni siquiera tenнa бnimos para concentrarse en la lectura.

En aquella forzosa inacciуn muchas veces recordу Roger la expediciуn de 1884 bajo el mando de su hйroe Henry Morton Stanley. Habнa vivido en los bosques, visitado innumerables aldeas indнgenas, acampado en claros cercados por empalizadas de бrboles donde chillaban los monos y rugнan las fieras. Estuvo tenso y feliz pese a las laceraciones de los mosquitos y otros bichos contra los que eran inъtiles las frotaciones de alcohol alcanforado. Practicaba la nataciуn en lagunas y rнos de belleza deslumbran te, sin temor a los cocodrilos, convencido todavнa de que haciendo lo que hacнan, йl, los cuatrocientos cargadores, guнas y ayudantes Africanos, la veintena de blancos —ingleses, alemanes, flamencos, valones y franceses— que componнa la expediciуn, y, por supuesto, el propio Stanley, eran la punta de lanza del progreso en este mundo donde apenas asomaba la Edad de Piedra que Europa habнa dejado atrбs hacнa muchos siglos.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги