—Todos creнan que йramos enamorados y que algъn dнa nos casarнamos —murmurу Gee—. Yo tambiйn recuerdo esa йpoca con nostalgia, Roger.

—Eramos mбs que enamorados, Gee. Hermanos, cуmplices. Las dos caras de una moneda. Asн de unidos. Tъ fuiste muchas cosas para mн. La madre que perdн a los nueve aсos. Los amigos que nunca tuve. Contigo me sentн siempre mejor que con mis propios hermanos. Me dabas confianza, seguridad en la vida, alegrнa. Mбs tarde, en todos mis aсos en el Бfrica, tus cartas eran mi ъnico puente con el resto del mundo. No sabes con quй felicidad recibнa tus cartas y cуmo las leнa y releнa, querida Gee.

Se callу. No querнa que su prima advirtiera que estaba a punto de llorar йl tambiйn. Desde joven habнa detestado, sin duda por su educaciуn puritana, las efusiones pъblicas de sentimentalismo, pero en estos ъltimos meses incurrнa a veces en ciertas debilidades que antes le disgustaban tanto en los demбs. Gee no decнa nada. Permanecнa abrazada a йl y Roger sentнa su respiraciуn agitada, que hinchaba y deshinchaba su pecho.

—Tъ fuiste la ъnica persona a la que enseсй mis poemas. їTe acuerdas?

—Me acuerdo que eran malнsimos —dijo Gertrude—. Pero yo te querнa tanto que te los alababa. Hasta me aprendн alguno de memoria.

—Yo me daba muy bien cuenta de que no te gustaban, Gee. Fue una suerte que nunca los publicara. Es tuve a punto, como sabes.

Se miraron y terminaron por reнrse.

—Estamos haciendo todo, todo, para ayudarte, Roger —dijo Gee, poniйndose de nuevo muy seria. Tambiйn su voz habнa envejecido; antes era firme y risueсa y, ahora, vacilante y resquebrajada—. Los que te queremos, que somos muchos. Alice, la primera, por supuesto. Moviendo cielo y tierra. Escribiendo cartas, visitando polнticos, autoridades, diplomбticos. Explicando, rogando. Tocando todas las puertas. Ella hace gestiones para venir a verte. Es difнcil. Sуlo los familiares estбn permitidos. Pero Alice es conocida, tiene influencias. Conseguirб el permiso y ven drб, verбs. їSabнas que cuando el Alzamiento en Dublнn Scotland Yard registrу su casa de arriba abajo? Se llevaron muchos papeles. Ella te quiere y te admira tanto, Roger.

«Lo sй», pensу Roger. El tambiйn querнa y admi raba a Alice Stopford Green. La historiadora, irlandesa y de familia anglicana como Casement, cuya casa era uno de los salones intelectuales mбs concurridos de Londres, centro de tertulias y reuniones de todos los nacionalistas y autonomistas de Irlanda, habнa sido mбs que una amiga y una consejera para йl en materias polнticas. Lo habнa educado y hecho descubrir y amar el pasado de Irlanda, su larga historia y su floreciente cultura antes de ser absorbida por su poderoso vecino. Le habнa recomendado libros, lo habнa ilustrado en apasionadas conversaciones, lo habнa incitado a que continuara con esas lecciones del idioma irlandйs que, por desgracia, nunca llegу a dominar. «Me morirй sin hablar gaйlico», pensу. Y, mбs tarde, cuando йl se volviу un nacionalista radical, fue Alice la primera persona que comenzу a llamarlo en Londres con el apodo que le habнa puesto Herbert Ward y que a Roger le hacнa tan ta gracia: «El celta».

—Diez minutos —sentenciу el sheriff— Hora de despedirse.

Sintiу que su prima se abrazaba a йl y que su boca trataba de acercarse a su oнdo, sin conseguirlo, pues era mucho mбs alto que ella. Le hablу adelgazando la voz hasta hacerla casi inaudible:

—Todas esas cosas horribles que dicen los periуdicos son calumnias, mentiras abyectas. їNo es cierto, Roger?

La pregunta lo tomу tan desprevenido que demorу unos segundos en contestar.

—No sй quй dice de mн la prensa, querida Gee. Aquн no llega. Pero —buscу cuidadosamente las palabras—, seguro que lo son. Quiero que tengas presente una sola cosa, Gee. Y que me creas. Me he equivocado muchas veces, por supuesto. Pero no tengo nada de que avergonzarme. Ni tъ ni ninguno de mis amigos tienen que avergonzarse de mн. їMe crees, no, Gee?

—Claro que te creo —su prima sollozу, tapбndo se la boca con las dos manos.

De regreso a su celda, Roger sintiу que se le llenaban los ojos de lбgrimas. Hizo un gran esfuerzo para que el sheriff no lo notara. Era raro que le vinieran ganas de llorar. Que recordara, no habнa llorado en esos meses, des de su captura. Ni durante los interrogatorios en Scotland Yard, ni durante las audiencias del juicio, ni al escuchar la sentencia que lo condenaba a ser ahorcado. їPor quй ahora? Por Gertrude. Por Gee. Verla sufrir de ese modo, dudar de ese modo, significaba cuando menos que para ella su persona y su vida eran preciosas. No estaba, pues, tan solo como se sentнa.

IV

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