El viaje del cуnsul britбnico Roger Casement rнo Congo arriba, que comenzу el 5 de junio de 1903 y que cambiarнa su vida, debiу haberse iniciado un aсo antes. El habнa estado sugiriendo esta expediciуn al Foreign Office desde que, en 1900, luego de servir en Oнd Calabar (Nigeria), Lourenco Marques (Maputo) y Sao Paulo de Luanda (Angola), tomу oficialmente residencia como cуnsul de Gran Bretaсa en Boma —una contrahecha aldea— alegando que la mejor manera de presentar un informe sobre la situaciуn de los nativos en el Estado Independiente del Congo era salir de esta remota capital hacia los bosques y tribus del Medio y Alto Congo. Allн se llevaba a cabo la explotaciуn sobre la que venнa informando al Ministerio de Relaciones Exteriores desde que llegу a estos dominios. Por fin, despuйs de sopesar aquellas razones de Estado que al cуnsul, aunque las comprendнa, no dejaban de revolverle el estуmago —Gran Bretaсa era aliada de Bйlgica y no querнa echar a йsta en brazos de Alemania—, el Foreign Office lo auto rizу a emprender el viaje hacia las aldeas, estaciones, misiones, puestos, campamentos y factorнas donde se llevaba a cabo la extracciуn del caucho, oro negro бvidamente codiciado ahora en todo el mundo para las ruedas y parachoques de camiones y automуviles y mil usos industriales y domйsticos mбs. Debнa verificar sobre el terreno quй habнa de cierto en las denuncias sobre iniquidades cometidas contra los nativos en el Congo de Su Majestad Leopoldo II, el rey de los belgas, que hacнan la Sociedad para la Protecciуn de los Indнgenas, en Londres, y algunas iglesias bautistas y misiones catуlicas en Europa y Estados Unidos.
Preparу el viaje con su meticulosidad acostumbrada y un entusiasmo que disimulaba ante los funcionarios belgas y los colonos y comerciantes de Boma. Ahora sн podrнa argumentar ante sus jefes, con conocimiento de causa, que el Imperio, fiel a su tradiciуn de justicia y
No eran meras palabras. Creнa profundamente en todo aquello, cuando, con veinte aсos de edad, llegу al continente negro. Las primeras fiebres palъdicas sуlo se abatieron sobre йl tiempo despuйs. Acababa de concretarse el anhelo de su vida: formar parte de una expediciуn encabezada por el mбs famoso aventurero en suelo Africano: Henry Morton Stanley. ЎServir a las уrdenes del explorador que en un legendario viaje de cerca de tres aсos entre 1874 y 1877 habнa cruzado el Бfrica del este al oeste, siguiendo el curso del rнo Congo desde sus cabeceras hasta su desembocadura en el Atlбntico! ЎAcompaсar al hйroe que encontrу al desaparecido doctor Livingstone! Entonces, como si los dioses quisieran apagar su exaltaciуn, tuvo el primer ataque de malaria. Nada comparado a lo que fue el segundo y, sobre todo, tres aсos despuйs —1887— y, sobre todo, este tercero de 1902, en el que por primera vez creyу morir. Los sнntomas fueron los mismos esa madrugada de mediados de 1902 cuando, ya abultado el maletнn con sus mapas, brъjula, lбpices y cuadernos de notas, sintiу, al abrir los ojos en el dormitorio del piso alto de su casa de Boma, en el barrio de los colonos, a pocos pasos de la Gobernaciуn, que servнa a la vez de residencia y oficina del consulado, que temblaba de frнo. Apartу el mosquitero y vio, por las ventanas sin vidrios ni cortinas pero con rejillas metбlicas para los insectos, acribilladas por el aguacero, las aguas fangosas del gran rнo y las islas del contorno cargadas de vegetaciуn. No pudo ponerse de pie. Las piernas se le doblaron, como si fueran de trapo.