Aсos despuйs, en la duermevela visionaria de la fiebre, se ruborizaba pensando en lo ciego que habнa sido. Ni siquiera se daba bien cuenta, al principio, de la razуn de ser de aquella expediciуn encabezada por Stanley y finan ciada por el rey de los belgas, a quien, por supuesto, entonces consideraba —como Europa, como Occidente, como el mundo— el gran monarca humanitario, empeсado en acabar con esas lacras que eran la esclavitud y la antropofagia y en liberar a las tribus del paganismo y las servidumbres que las mantenнan en estado feral.
Todavнa faltaba un aсo para que las grandes potencias occidentales regalaran a Leopoldo II, en la Conferencia de Berlнn de 1885, ese Estado Independiente del Congo de mбs de dos millones y medio de kilуmetros cuadrados —ochenta y cinco veces el tamaсo de Bйlgica—, pero ya el rey de los belgas se habнa puesto a administrar el territorio que iban a obsequiarle para que ejercitara con los veinte millones de congoleses que se creнa lo habitaban, sus principios redentores. El monarca de las barbas rastrilladas habнa contratado para eso al gran Stanley, adivinan do, con su prodigiosa aptitud para detectar las debilidades humanas, que el explorador era capaz por igual de gran des hazaсas y formidables villanнas si el premio estaba a la altura de sus apetitos.
La razуn aparente de la expediciуn de 1884 en que Roger hizo sus primeras armas de explorador era preparar a las comunidades desperdigadas a orillas del Alto, Medio y Bajo Congo, a lo largo de miles de kilуmetros de selvas espesas, quebradas, cascadas y montes tupidos de vegetaciуn, para la llegada de los comerciantes y administradores europeos que la Asociaciуn Internacional del Congo (AIC), presidida por Leopoldo II, traerнa una vez que las potencias occidentales le dieran la concesiуn. Stanley y sus acompaсantes debнan explicar a esos caciques semidesnudos, tatuados y emplumados, a veces con espinas en caras y brazos, a veces con embudos de carrizo en sus falos, las intenciones benйvolas de los europeos: vendrнan a ayudar los a mejorar sus condiciones de vida, librarlos de plagas como la mortнfera enfermedad del sueсo, educarlos y abrir les los ojos sobre las verdades de este mundo y el otro, gracias a lo cual sus hijos y nietos alcanzarнan una vida decente, justa y libre.
«No me daba cuenta porque no querнa darme cuenta», pensу. Charlie lo habнa arropado con todas las mantas de la casa. Pese a ello y al sol candente de afuera, el cуnsul, encogido y helado, temblaba bajo el mosquitero como una hoja de papel. Pero, peor que ser un ciego voluntario, era encontrar explicaciones para lo que cualquier observador imparcial hubiera llamado un embauco. Porque, en todas las aldeas donde llegaba la expediciуn de 1884, despuйs de repartir abalorios y baratijas y luego de las explicaciones consabidas mediante intйrpretes (muchos de los cuales no llegaban a hacerse entender por los nativos), Stanley hacнa firmar a caciques y brujos unos contratos, escritos en francйs, comprometiйndose a prestar mano de obra, alojamiento, guнa y sustento a los funcionarios, personeros y emplea dos de la AIC en los trabajos que emprendieran para la realizaciуn de los fines que la inspiraban. Ellos firmaban con equis, palotes, manchas, dibujitos, sin chistar y sin saber quй firmaban ni quй era firmar, divertidos con los collares, pulseras y adornos de vidrio pintado que recibнan y los traguitos de aguardiente con que Stanley los invitaba a brindar por el acuerdo.
«No saben lo que hacen, pero nosotros sabemos que es por su bien y eso justifica el engaсo», pensaba el joven Roger Casement. їQuй otra manera habнa de hacer lo? їCуmo dar legitimidad a la futura colonizaciуn con gente que no podнa entender una palabra de esos «tratados» en los que quedaba comprometido su futuro y el de sus descendientes? Era preciso dar alguna forma legal a la empresa que el monarca de los belgas querнa que se realizara mediante la persuasiуn y el diбlogo, a diferencia de otras hechas a sangre y fuego, con invasiones, asesinatos y saqueos. їNo era йsta pacнfica y civil?