—Todo esto es por su bien, claro que sн —aсadiу Stanley, con un movimiento de cabeza hacia la ronda de cabaсas cуnicas del caserнo a cuyas orillas se levantaba el campamento—. Vendrбn misioneros que los sacarбn del paganismo y les enseсarбn que un cristiano no debe comer se al prуjimo. Mйdicos que los vacunarбn contra las epidemias y los curarбn mejor que sus hechiceros. Compaснas que les darбn trabajo. Escuelas donde aprenderбn los idiomas civilizados. Donde les enseсarбn a vestirse, a rezar al verdadero Dios, a hablar en cristiano y no en esos dialectos de monos que hablan. Poco a poco reemplazarбn sus costumbres bбrbaras por las de seres modernos e instruidos. Si supieran lo que hacemos por ellos, nos besarнan los pies. Pero su estado mental estб mбs cerca del cocodrilo y el hipopуtamo que de usted o de mн. Por eso, nosotros decidimos por ellos lo que les conviene y les hacemos firmar esos contratos. Sus hijos y nietos nos darбn las gracias. Y no serнa raro que, de aquн a un tiempo, empiecen a adorar a Leopoldo II como adoran ahora a sus fetiches y espantajos.
їEn quй lugar del gran rнo estaba aquel campamento? Vagamente le parecнa que entre Bolobo y Chumbiri y que la tribu pertenecнa a los bateke. Pero no estaba seguro. Esos datos figuraban en sus diarios, si podнa llamarse asн el amasijo de notas desperdigadas en cuadernos y papeles sueltos a lo largo de tantos aсos. En todo caso, recordaba con nitidez aquella conversaciуn. Y el malestar con que fue a tumbarse en su camastro luego del intercambio con Henry Morton Stanley. їFue aquella noche cuando comenzу a hacerse trizas su santнsima trinidad personal de las tres «C»? Hasta entonces creнa que el colonialismo se justificaba con ellas: cristianismo, civilizaciуn y comercio. Desde que era un modesto ayudante de contador en la Eider Dempster Line, en Liverpool, suponнa que habнa un precio que pagar. Era inevitable que se cometieran abusos. Entre los colonizadores no sуlo vendrнa gente altruista como el doctor Livingstone sino pillos abusivos, pero, hechas las sumas y las restas, los beneficios superarнan largamente a los perjuicios. La vida Бfricana le fue mostrando que las cosas no eran tan claras como la teorнa.
En el aсo que trabajу a sus уrdenes, sin dejar de admirar la audacia y la capacidad de mando con que Henry Morton Stanley conducнa su expediciуn por el territorio largamente desconocido que baсaba el rнo Congo y su mirнada de afluentes, Roger Casement aprendiу tambiйn que el explorador era un misterio ambulante. Todas las cosas que se decнan sobre йl estaban siempre en contradicciуn entre ellas mismas, de manera que era imposible saber cuбles eran ciertas y cuбles falsas y cuбnto habнa en las ciertas de exageraciуn y fantasнa. Era uno de esos hombres inca paces de diferenciar la realidad de la ficciуn.
Lo ъnico claro fue que la idea de un gran benefactor de los nativos no correspondнa a la verdad. Lo supo escuchando a capataces que habнan acompaсado a Stanley en su viaje de 1871-1872 en busca del doctor Livingstone, una expediciуn, decнan, mucho menos pacнfica que йsta en la que, sin duda siguiendo instrucciones del propio Leopoldo II, se mostraba mбs cuidadoso en el trato con las tribus a cuyos jefes —450, en total— hizo firmar la cesiуn de sus tierras y de su fuerza de trabajo. Las cosas que aquellos hombres rudos y deshumanizados por la sel va contaban de la expediciуn de 1871-1872 ponнan los pelos de punta. Pueblos diezmados, caciques decapitados y sus mujeres e hijos fusilados si se negaban a alimentar a los expedicionarios o a cederles cargadores, guнas y mache teros que abrieran trochas en el bosque. Esos viejos compaсeros de Stanley le temнan y recibнan sus reprimendas callados y con los ojos bajos. Pero tenнan confianza ciega en sus decisiones y hablaban con reverencia religiosa de su famoso viaje de 999 dнas entre 1874 y 1877 en el que murieron todos los blancos y buena parte de los Africanos.