Mбs difнcil le resultу a Roger hacerse una idea aproximada de cuбntos indнgenas habнa en el Putumayo hacia 1893, cuando se instalaron en la regiуn las primeras caucherнas y comenzaron las «correrнas», y cuбntos quedaban en este aсo de 1910. No habнa estadнsticas serias, lo que se habнa escrito al respecto era vago, las cifras diferнan mu cho de una a otra. Quien parecнa haber hecho el cбlculo mбs confiable era el infortunado explorador y etnуlogo francйs Eugйne Robuchon (desaparecido de manera misteriosa en la regiуn del Putumayo en 1905 cuando cartografiaba todo el dominio de Julio C. Arana), segъn el cual las siete tribus de la zona —huitotos, ocaimas, muinanes, nonuyas, andoques, rezнgaros y boras— debнan sumar unos cien mil antes de que el caucho atrajera a los «civilizados» al Putumayo. Juan Tizуn consideraba esta cifra muy exagerada. El, por distintos anбlisis y cotejos, sostenнa que unos cuarenta mil estaba mбs cerca de la verdad. En todo caso, ahora no quedaban mбs de unos diez mil sobrevivientes. Asн, el rйgimen impuesto por los caucheros habнa liquidado ya tres cuartas partes de la poblaciуn indнgena. Muchos sin duda habнan sido vнctimas de la viruela, la malaria, el beriberi y otras plagas. Pero la inmensa mayorнa desapareciу por la explotaciуn, el hambre, las mutilaciones, el cepo y los asesinatos. A este paso a todas las tribus les ocurrirнa lo que a los iquarasi, que se habнan extinguido totalmente.
Dos dнas mбs tarde llegaron a Entre Rнos sus compaсeros de la Comisiуn. Roger se sorprendiу al ver aparecer con ellos a Armando Normand, seguido de su harйn de chiquillas. Folk y Barnes le advirtieron que, aunque la razуn que les dio el jefe de Matanzas para venir era que debнa vigilar personalmente el embarque del caucho en Puerto Peruano, lo hacнa por lo asustado que estaba res pecto a su futuro. Apenas se enterу de las acusaciones de los barbadenses contra йl, puso en marcha una campaсa de sobornos y amenazas para que se desdijeran. Y habнa con seguido que algunos, como Levine, mandaran una car ta a la Comisiуn (redactada sin duda por el propio Normand) diciendo que desmentнan todas las declaraciones, que, «con engaсos», les habнan sonsacado y que querнan dejar claro y por escrito que en la Peruvian Amazon Company nunca se habнa maltratado a los indнgenas y que empleados y cargadores trabajaban en amistad por el engrandecimiento del Perъ. Folk y Barnes pensaban que Normand tratarнa de sobornar o amedrentar a Bishop, Sealy y Laсe y acaso al propio Casement.
En efecto, a la maсana siguiente, muy temprano, Armando Normand vino a tocar la puerta de Roger y a proponerle «una conversaciуn franca y amistosa». El jefe de Matanzas habнa perdido su seguridad y la arrogancia con que se dirigiу a Roger la vez anterior. Se lo veнa nervioso. Se frotaba las manos y se mordнa el labio inferior mientras hablaba. Fueron hasta el depуsito del caucho, un descampado con matorrales que la tormenta de la noche habнa llenado de charcos y de sapos. Una pestilencia de lбtex salнa del depуsito y a Roger se le pasу por la cabeza la idea de que ese olor no provenнa de los «chorizos» de caucho almacenados en el gran cobertizo, sino del hombrecillo rubicundo que, a su lado, parecнa un enanito.
Normand tenнa bien preparado su discurso. Los siete aсos que llevaba en la selva exigнan privaciones tremendas para alguien que habнa recibido una educaciуn en Londres. No querнa que, por malentendidos y calumnias de envidiosos, su vida se truncara con enredos judiciales y no pudiera realizar su anhelo de volver a Inglaterra. Le jurу sobre su honor que no tenнa sangre en sus manos ni en su conciencia. El era severo pero justo y estaba dispuesto a aplicar todas las medidas que la Comisiуn y el «seсor cуnsul» sugirieran para mejorar el funcionamiento de la empresa.
—Que cesen las «correrнas» y el secuestro de indнgenas —enumerу Roger, despacio, contando con los dedos de sus manos—, desaparezcan el cepo y los lбtigos, que los indios no vuelvan a trabajar gratis, que los jefes, capa taces y «muchachos» no vuelvan a violar ni a robarse a las mujeres ni a las hijas de los indнgenas, que desaparezcan los castigos fнsicos y se paguen reparaciones a las familias de los asesinados, quemados vivos y a los que les cortaron orejas, narices, manos y pies. Que no se robe mбs a los carga dores con balanzas trucadas y precios multiplicados en el almacйn para tenerlos de eternos deudores de la Compaснa. Todo eso, sуlo para empezar. Porque harнan falta mu chas reformas mбs para que la Peruvian Amazon Company merezca ser una compaснa britбnica.
Armando Normand estaba lнvido y lo miraba sin comprender.
—їUsted quiere que la Peruvian Amazon Company desaparezca, seсor Casement? —balbuceу al fin.
—Exactamente. Y que todos sus asesinos y torturadores, empezando por el seсor Julio C. Arana y terminando por usted, sean juzgados por sus crнmenes y ter minen sus dнas en la cбrcel.