—Todos los que ha hecho falta —repuso el jefe de Matanzas, sin cambiar de tono y levantбndose—. Discъlpeme. Tengo trabajo.
El disgusto que Roger sentнa hacia ese hombrecillo era tan grande que decidiу no entrevistarlo personalmente y dejar la tarea a los miembros de la Comisiуn. Ese asesino sуlo les dirнa una catarata de mentiras. El se dedicу a escuchar a los barbadenses y «racionales» que aceptaron testimoniar. Lo hizo maсana y tarde, dedicando el resto del dнa a desarrollar con mбs cuidado los apuntes que tomaba durante las entrevistas. En las maсanas, bajaba a zambullirse en el rнo, sacaba algunas fotos y luego no pa raba de trabajar hasta el anochecer. Caнa rendido en su camastro. Su sueсo era entrecortado y febril. Notaba cуmo dнa a dнa se iba adelgazando.
Estaba cansado y harto. Como le ocurriу en algъn momento en el Congo, empezу a temer que la sucesiуn enloquecedora de crнmenes, violencias y horrores de toda нndole que iba descubriendo a diario, afectara su equilibrio mental. їResistirнa todo este espanto cotidiano la sanidad de su espнritu? Lo desmoralizaba pensar que en la civilizada Inglaterra pocos creerнan que los «blancos» y «mestizos» del Putumayo podнan llegar a estos extremos de salvajismo. Una vez mбs serнa acusado de exageraciуn y prejuicio, de agigantar los abusos para dar mayor dramatismo a su in forme. No sуlo el inicuo maltrato contra los indнgenas lo tenнa en ese estado. Sino saber que, despuйs de ver, oнr y ser testigo de lo que aquн sucedнa, nunca mбs tendrнa la visiуn optimista de la vida que tuvo en su juventud.
Cuando supo que una expediciуn de cargadores iba a partir de Matanzas llevando el caucho reunido en los ъltimos tres meses a la estaciуn de Entre Rнos y de ahн a Puerto Peruano para ser embarcado al extranjero, anunciу a sus compaсeros que irнa con ella. La Comisiуn podнa permanecer aquн hasta terminar con la inspecciуn y las entrevistas. Sus amigos estaban tan exhaustos y desanima dos como йl. Le contaron que las maneras insolentes de Armando Normand habнan cambiado de golpe cuando le hicieron saber que el «seсor cуnsul» habнa recibido la misiуn de venir a investigar las atrocidades del Putumayo del propio sir Edward Grey, canciller del Imperio britбnico, y que los asesinos y torturadores, puesto que trabajaban en una compaснa inglesa, podнan ser llevados a los tribunales en Inglaterra. Sobre todo si tenнan la nacionalidad inglesa o pretendнan adquirirla, como podнa ser su caso. O entregados a los Gobiernos peruano o colombiano para ser juzgados aquн. Desde que escuchу esto, Normand man tenнa una actitud sumisa y servil con la Comisiуn. Negaba sus crнmenes y les habнa asegurado que, a partir de ahora, no se volverнan a cometer los errores del pasado: los indнgenas serнan bien alimentados, curados cuando se enfermaran, pagados por su trabajo y tratados como seres humanos. Habнa hecho poner un cartel en el centro del descampado diciendo estas cosas. Era ridнculo, pues los indнgenas, todos analfabetos, no podнan leerlo, y tampoco la mayorнa de los «racionales». Era para que lo leyeran los comisionados exclusivamente.
El viaje a pie, a travйs de la selva, de Matanzas a Entre Rнos, acompaсando a los ochenta indнgenas —boras, andoques y muinanes— que transportaban en sus hombros el caucho recogido por la gente de Armando Normand, serнa uno de los recuerdos mбs pavorosos del primer viaje al Perъ de Roger Casement. Normand no iba al man do de la expediciуn sino Negretti, uno de sus lugartenientes, un mestizo achinado, con dientes de oro, que siempre andaba escarbбndose la boca con un palillo y cuya estentуrea voz hacнa temblar, saltar, apresurarse, con caras des figuradas por el miedo, al ejйrcito de esqueletos llagados, marcados y con cicatrices, entre ellos muchas mujeres y niсos, algunos de pocos aсos, de la expediciуn. Negretti llevaba un fusil al hombro, un revуlver en la cartuchera y un lбtigo en la cintura. El dнa de la partida, Roger le pidiу permiso para fotografiarlo y Negretti aceptу, riйndose. Pero se le eclipsу la sonrisa cuando Casement le advirtiу, seсalбndole el lбtigo:
—Si lo veo usar eso contra los indнgenas, lo entregarй personalmente a la policнa de Iquitos.
La expresiуn de Negretti fue de total desconcierto. Al cabo de un momento, murmurу:
—їUsted tiene alguna autoridad en la Compaснa?
—Tengo la autoridad que me ha confiado el Gobierno inglйs para investigar los abusos que se cometen en el Putumayo. їUsted sabe que la Peruvian Amazon Company para la que trabaja es britбnica, no es cierto?
El hombre, desconcertado, terminу por apartarse.
Y Casement no lo vio nunca azotar a los cargadores, sуlo gritarlos para que se apresuraran o abrumarlos con carajos y otros insultos cuando dejaban caer los «chorizos» de caucho que llevaban al hombro y en la cabeza porque los ven cнan las fuerzas o se tropezaban.