El jefe no estaba. Dirigнa una «correrнa» contra cinco indнgenas fugitivos que, al parecer, habнan conseguido cruzar la frontera colombiana, muy prуxima. Habнa cinco barbadenses en Matanzas y los cinco trataron con mucho respeto al «seсor cуnsul», de cuya venida y misiуn estaban perfectamente enterados. Los llevaron a las casas donde se alojarнan. A Roger Casement, Louis Barnes y Juan Tizуn los instalaron en una gran vivienda de tablas, techo de yarina y ventanas con rejillas que, les dijeron, era la casa de Normand y sus mujeres cuando estaban en Matanzas. Pero su vivienda habitual se hallaba en La China, un pequeсo campamento a un par de kilуmetros rнo arriba, don de a los indios les estaba prohibido acercarse. Allн vivнa el jefe rodeado de sus «racionales» armados, pues temнa ser vнctima de un intento de asesinato por parte de los colombianos, que lo acusaban de no respetar la frontera y cruzar la en sus «correrнas» para secuestrar cargadores o capturar a desertores. Los barbadenses les explicaron que Armando Normand llevaba siempre consigo a las mujercitas de su harйn porque era muy celoso.

En Matanzas habнa boras, andoques y muinanes pero no huitotos. Casi todos los indнgenas tenнan cicatrices de lбtigo y por lo menos una docena de ellos la marca de la Casa Arana en las nalgas. El cepo estaba en el centro del descampado, bajo ese бrbol lleno de forъnculos y plantas parбsitas llamado lupuna al que todas las tribus de la regiуn profesaban una reverencia impregnada de miedo.

En su cuarto, que, sin duda, era el del propio Normand, Roger vio fotografнas amarillentas donde aparecнa la cara aniсada de aquйl, un diploma de The London School of Bookkeepers del aсo 1903, y otro, anterior, de un Sйnior School. Era cierto, pues: habнa estudiado en Inglaterra y tenнa un tнtulo de contador.

Armando Normand entrу en Matanzas cuando anochecнa. Por la ventanita enrejada, Roger lo vio pasar, en el resplandor de las linternas, bajito, menudo y casi tan enclenque como un indнgena, seguido de «muchachos» de ca ras patibularias armados de winchesters y revуlveres, y de unas ocho o diez mujeres embutidas en la cushma o tъnica amazуnica, y meterse a la vivienda vecina.

Durante la noche Roger se despertу varias veces, angustiado, pensando en Irlanda. Sentнa nostalgia de su paнs. Habнa vivido tan poco en йl y, sin embargo, se sentнa cada vez mбs solidario con su suerte y sufrimientos. Desde que habнa podido ver de cerca el vнa crucis de otros pueblos colonizados, la situaciуn de Irlanda le dolнa como nunca antes. Tenнa urgencia por terminar con todo esto, acabar el informe sobre el Putumayo, entregarlo al Foreign Office y volver a Irlanda a trabajar, ahora sin distracciуn alguna, con esos compatriotas idealistas y entregados a la causa de su emancipaciуn. Recuperarнa el tiempo perdido, se volcarнa en Eire, estudiarнa, actuarнa, escribirнa y por todos los medios a su alcance tratarнa de convencer a los irlandeses de que, si querнan la libertad, tendrнan que conquistarla con arrojo y sacrificio.

A la maсana siguiente, cuando bajу a desayunar, ahн estaba Armando Normand, sentado ante una mesa con frutas, trozos de yuca que hacнan las veces de pan y tazas de cafй. En efecto, era muy bajito y flaco, con una cara de niсo avejentado y una mirada azul, fija y dura, que aparecнa y desaparecнa por su parpadeo constante. Llevaba botas, un overol azul, una camisa blanca y encima un chaleco de cuero con un lapicero y una libretita asomando en uno de sus bolsillos. Cargaba un revуlver en la cintura.

Hablaba perfecto inglйs, con un extraсo deje, que Roger no alcanzу a identificar de dуnde procedнa. Lo saludу con una venia casi imperceptible, sin decir palabra. Fue muy parco, casi monosilбbico, para responder sobre su vida en Londres, asн como precisar su nacionalidad —«digamos que soy peruano»—, y respondiу con cierta altanerнa cuando Roger le dijo que йl y los miembros de la Comisiуn se habнan quedado impresionados al ver que en los dominios de una compaснa britбnica se maltrataba a los indнgenas de manera inhumana.

—Si vivieran aquн, pensarнan de otro modo —comentу, secamente, sin amilanarse lo mбs mнnimo. Y, despuйs de una pequeсa pausa, aсadiу—: A los animales no se les puede tratar como a los seres humanos. Una yacumama, un jaguar, un puma, no entienden razones. Los salvajes tampoco. En fin, ya sй, a forasteros que estбn por aquн sуlo de paso no se les puede convencer.

—Vivн veinte aсos en el Бfrica y no me volvн un monstruo —dijo Casement—. Que es en lo que se ha convertido usted, seсor Normand. Su fama nos ha acompaсado a lo largo de todo el viaje. Los horrores que se cuentan de usted en el Putumayo superan todo lo imaginable. їLo sabнa?

Armando Normand no se conmoviу en absoluto. Mirбndolo siempre con esa mirada blanca e inexpresiva, se limitу a encoger los hombros y escupiу en el suelo.

—їPuedo preguntarle cuбntos hombres y mujeres ha matado usted? —le soltу Roger a boca de jarro.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги