Adelantу el paso y dejу al jefe de Matanzas con la cara descompuesta, parado en el sitio, sin saber quй mбs decir. Inmediatamente se arrepintiу de haber cedido de este modo al desprecio que le merecнa el personaje. Se habнa ganado un enemigo mortal, que, ahora, podнa muy bien sentir la tentaciуn de liquidarlo. Lo habнa prevenido y Normand, ni corto ni perezoso, actuarнa en consecuencia. Habнa cometido un gravнsimo error.

Pocos dнas despuйs, Juan Tizуn les hizo saber que el jefe de Matanzas habнa pedido a la Compaснa sus liquidaciones, al contado y no en soles peruanos sino en libras esterlinas. Viajarнa de regreso a Iquitos, en el Liberal, junto con la Comisiуn. Lo que pretendнa era obvio: ayudado por sus amigos y cуmplices, atenuar los cargos y acusaciones contra йl y asegurarse una fuga al extranjero —al Brasil, sin duda—, donde tendrнa buenos ahorros esperбndolo. Las posibilidades de que fuera a la cбrcel se habнan reducido. Juan Tizуn les informу que Normand recibнa desde hacнa cinco aсos el veinte por ciento del caucho recogido en Matanzas y un «premio» de doscientas libras esterlinas anuales si el rendimiento superaba el del aсo anterior.

Los dнas y semanas siguientes fueron de una rutina asfixiante. Las entrevistas con barbadenses y «racionales» seguнan poniendo al descubierto un impresionante catбlogo de atrocidades. Roger sentнa que lo abandonaban las fuerzas. Como empezу a tener fiebre en las tardes temiу que fuera de nuevo el paludismo y aumentу las dosis de quinina, al acostarse. El temor de que Armando Normand o cualquier otro jefe pudiera destruir los cuadernos con las transcripciones de los testimonios hizo que en todas las estaciones —Entre Rнos, Atenas, Sur y La Chorrera— lle vara consigo esos papeles, sin dejar que nadie los tocara. De noche los metнa debajo del camastro o la hamaca en que dormнa, siempre con el revуlver cargado al alcance de la mano.

En La Chorrera, cuando preparaban maletas para el retomo a Iquitos, Roger vio llegar un dнa al campamento a una veintena de indios procedentes de la aldea de Naimenes. Acarreaban caucho. Los cargadores eran jуvenes u hombres, con la excepciуn de un niсo de unos nueve o diez aсos, muy flaquito, que llevaba sobre la cabeza un «chorizo» de caucho mбs grande que йl. Roger fue con ellos hasta la balanza donde Vнctor Macedo recibнa las entregas. La del niсo pesaba veinticuatro kilos y йl, Omarino, sуlo veinticinco. їCуmo pudo venir andando por la selva todos esos kilуmetros con semejante peso en la cabeza? Pese a las cicatrices en las espaldas, tenнa unos ojos vivos y alegres y sonreнa con frecuencia. Roger le hizo tomar una latita de sopa y otra de sardinas que comprу en el almacйn. Desde entonces, Omarino no se apartу de su lado. Lo acompaсaba a todas partes y estaba siempre dispuesto a hacer cualquier mandado. Un dнa Vнctor Macedo le dijo, seсalando al chiquillo:

—Veo que le ha tomado cariсo, seсor Casement. їPor quй no se lo lleva? Es huйrfano. Se lo regalo.

Despuйs, Roger pensarнa que la frase «se lo regalo» con que Vнctor Macedo habнa querido congraciarse con йl, decнa mбs que cualquier otro testimonio: ese jefe podнa «regalar» a cualquier indio de su dominio, pues cargadores y recogedores le pertenecнan al igual que los бrboles, las viviendas, los fusiles y los «chorizos» de caucho. Preguntу a Juan Tizуn si habrнa algъn inconveniente en que se llevara consigo a Londres a Omarino —la Sociedad contra la Esclavitud lo tomarнa bajo su protecciуn y se encargarнa de darle una educaciуn— y aquйl no puso objeciуn alguna.

Arйdomi, un adolescente que pertenecнa a la tribu de los andoques, se unirнa a Omarino unos dнas mбs tarde. Habнa llegado a La Chorrera de la estaciуn Sur, y, al dнa siguiente, en el rнo, mientras se baсaba, Roger vio al chiquillo desnudo, chapoteando en el agua con otros indнgenas. Era un hermoso muchacho, de cuerpo armonioso y бgil, que se movнa con una elegancia natural. Roger pensу que Herbert Ward podrнa hacer una hermosa escultura de este adolescente, el sнmbolo de ese hombre amazуnico despojado de su tierra, su cuerpo y su belleza por los caucheros. Repartiу latas de comida entre los andoques que se baсaban. Arйdomi le besу la mano en agradecimiento. Sintiу desagrado y, al mismo tiempo, emociуn. El chiquillo lo siguiу hasta la vivienda, hablando y gesticulando con vehemencia, pero йl no le entendнa. Llamу a Frederick Bishop y йste le tradujo:

—Que lo lleve con usted, a donde vaya. Que lo ser virб bien.

—Dile que no puedo, que ya me voy a llevar a Omarino.

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