Roger se habнa traнdo consigo a tres barbadenses, Bishop, Sealy y Laсe. Los otros nueve que los acompaсaban se quedaron con la Comisiуn. Casement recomendу a sus amigos que no se alejaran nunca de estos testigos pues corrнan el riesgo de ser intimidados o sobornados por Normand y sus compinches para que se retractaran de sus testimonios, o, incluso, asesinados.

Lo mбs duro de la expediciуn no fueron los moscones azules, grandes y zumbones, que los acribillaron a picaduras dнa y noche, ni las tormentas que, a veces, les caнan encima, empapбndolos y convirtiendo el suelo en riachuelos resbaladizos de agua, barro, hojas y бrboles muertos, ni la incomodidad de los campamentos que armaban en las noches, para dormir a la mala de Dios despuйs de comer una latita de sardinas o de sopa y beber del termo unos tragos de whiskey o de tй. Lo terrible, una tortura que le daba remordimientos y mala conciencia, era ver a estos indнgenas desnudos, doblados por el peso de los «chorizos» de caucho a los que Negretti y sus «mu chachos» hacнan avanzar a gritos, siempre apurбndolos, con muy espaciados descansos y sin darles un bocado de comida. Cuando preguntу a Negretti por quй las raciones no se repartнan tambiйn a los indнgenas, el capataz lo mirу como si no entendiera. Cuando Bishop le explicу la pregunta, Negretti afirmу, con total impudicia:

—A ellos no les gusta lo que comemos los cristianos. Tienen sus propios alimentos.

Pero no tenнan ninguno, porque no podнa llamar se comida a los puсaditos de harina de yuca que se llevaban a veces a la boca, o los tallos de plantas y hojas que enrollaban con mucho cuidado antes de tragбrselos. Lo que resultaba incomprensible a Roger era cуmo unos niсos de diez o doce aсos podнan cargar horas de horas esos «cho rizos» que pesaban —habнa hecho la prueba de cargarlos— nunca menos de veinte kilos y a veces treinta o mбs. El primer dнa de marcha un muchacho bora de pronto cayу de bruces, aplastado por su carga. Se quejaba dйbilmente cuando Roger tratу de reanimarlo haciйndolo beber una latita de sopa. Los ojos del chiquillo despedнan un pбnico animal. Dos o tres veces intentу levantarse, sin conseguir lo. Bishop le explicу: «Tiene tanto miedo porque, si usted no estuviera aquн, Negretti lo rematarнa de un balazo como escarmiento para que a ningъn otro pagano se le ocurra desmayarse». El muchacho no estaba en condiciones de ponerse de pie, de modo que lo abandonaron en el monte. Roger le dejу dos latitas de comida y su paraguas. Ahora comprendiу por quй esos seres enclenques podнan cargar tales pesos: por el miedo a ser asesinados si osaban desmayarse. El terror multiplicaba sus fuerzas.

Al segundo dнa una mujer vieja cayу muerta de golpe, cuando trataba de subir una cuesta con treinta kilos de caucho en las espaldas. Negretti, despuйs de comprobar que estaba sin vida, se apresurу a repartir los dos «chorizos» de la muerta entre otros indнgenas, con una mueca de disgusto y carraspeando.

En Entre Rнos, apenas se baсу y descansу un poco, Roger se apresurу a anotar en sus cuadernos las peripecias y reflexiones del viaje. Una idea volvнa una y otra vez a su conciencia, una idea que en los dнas, semanas y meses siguientes retornarнa obsesivamente y empezarнa a modelar su conducta: «No debemos permitir que la colonizaciуn llegue a castrar el espнritu de los irlandeses como ha castrado el de los indнgenas de la Amazonia. Hay que actuar ahora, de una vez, antes de que sea tarde y nos volvamos autуmatas».

Mientras esperaba la llegada de la Comisiуn, no perdiу el tiempo. Hizo algunas entrevistas, pero, sobre todo, revisу las planillas, libros de cuentas del almacйn y los registros de la administraciуn. Querнa establecer cuбn to recargaba la Compaснa de Julio C. Arana los precios de los alimentos, remedios, prendas de vestir, armas y utensilios, que adelantaba a los indнgenas y tambiйn a los capataces y a los «muchachos». Los porcentajes variaban de producto a producto pero lo constante era que en todo su material de ventas el almacйn duplicaba, triplicaba y a veces hasta quintuplicaba los precios. El se comprу dos camisas, un pantalуn, un sombrero, un par de botines de campo y hubiera podido adquirir todo eso en Londres por la tercera parte de su precio. No sуlo los indнgenas eran esquilmados, tambiйn esos pobres infelices, vagos y matones que estaban en el Putumayo para ejecutar las consignas de los jefes. No era raro que unos y otros estuvieran siempre en deuda con la Peruvian Amazon Company y quedaran atados a ella hasta su muerte o hasta que la empresa los considerara inservibles.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги