Pero Arйdomi no dio su brazo a torcer. Permanecнa inmovilizado junto a la cabaсa donde Roger dormнa o siguiйndolo a donde fuera, a pocos pasos, con una sъplica muda en los ojos. Optу por consultar a la Comisiуn y a Juan Tizуn. їLes parecнa conveniente que, ademбs de Omarino, se llevara tambiйn a Londres a Arйdomi? Tal vez los dos chiquillos darнan mayor fuerza persuasiva a su informe: ambos tenнan cicatrices de latigazos. Por otra parte, eran lo bastante jуvenes para ser educados e incorporados a una forma de vida que no fuera la de la esclavitud.

En vнsperas de la partida en el Liberal llegу a La Chorrera Carlos Miranda, jefe de la estaciуn Sur. Venнa trayendo a un centenar de indнgenas con el caucho recogido en esa regiуn los ъltimos tres meses. Era un hombre gordo, cuarentуn y muy blanco. Por su manera de hablar y comportarse, parecнa haber recibido mejor educaciуn que otros jefes. Sin duda procedнa de una familia de clase media. Pero su prontuario no era menos sangriento que el de sus colegas. Roger Casement y los demбs miembros de la Comisiуn habнan recibido varios testimonios sobre el episodio de la vieja bora. Una mujer que, unos meses antes, en Sur, en un ataque de desesperaciуn o de locura, comenzу de pronto a exhortar a gritos a los horas a que pelearan y no se dejaran humillar mбs ni tratar como es clavos. Su griterнo paralizу de terror a los indнgenas que la rodeaban. Enfurecido, Carlos Miranda se lanzу sobre ella con el machete que arrebatу a uno de sus «muchachos» y la decapitу. Blandiendo la cabeza de la mujer, que lo iba baсando en sangre, explicу a los indios que eso les ocurrirнa a todos si no cumplнan con su trabajo e imitaban a la vieja. El decapitador era un hombre campechano y risueсo, hablador y desenvuelto, que tratу de hacerse simpбtico a Roger y sus colegas contбndoles chistes y anйcdotas de los personajes extravagantes y pintorescos que habнa conocido en el Putumayo.

Cuando, el miйrcoles 16 de noviembre de 1910, subiу al Liberal en el embarcadero de La Chorrera para emprender el regreso a Iquitos, Roger Casement abriу la boca y respirу hondo. Tenнa una extraordinaria sensaciуn de alivio. Le pareciу que aquella partida limpiaba su cuerpo y su espнritu de una angustia opresiva que no habнa sentido antes, ni siquiera en los momentos mбs difнciles de su vida en el Congo. Ademбs de Omarino y Arйdomi, llevaba en el Liberal a dieciocho barbadenses, a cinco mujeres indнgenas esposas de aquйllos y a los hijos de John Brown, Alian Davis, James Mapp, J. Dyall y Philip Bertie Lawrence.

Que los barbadenses estuvieran en el barco era el resultado de una difнcil negociaciуn llena de intrigas, concesiones y rectificaciones, con Juan Tizуn, Vнctor Macedo, los otros miembros de la Comisiуn y los propios barbadenses. Todos estos, antes de testificar habнan pedido garantнas, pues sabнan muy bien que se exponнan a represalias de los jefes a quienes su testimonio podнa mandar a la cбrcel. Casement se comprometiу a sacarlos vivos del Putumayo йl mismo en persona.

Pero, en los dнas anteriores a la llegada del Liberal a La Chorrera, la Compaснa iniciу una ofensiva cordial para retener a los capataces de Barbados, asegurбndoles que no serнan vнctimas de represalias y prometiйndoles aumento de salario y mejores condiciones para que permanecieran en sus puestos. Vнctor Macedo anunciу que, cualquiera que fuese su decisiуn, la Peruvian Amazon Company habнa decidido descontarles el veinticinco por ciento de la deuda que tenнan con el almacйn por la compra de medicinas, ropas, utensilios domйsticos y alimentos. Todos aceptaron la oferta. Y, en menos de veinticuatro horas, los barbadenses anunciaron a Casement que no partirнan con йl. Se quedarнan trabajando en las estaciones. Roger sabнa lo que eso significaba: presiones y sobornos harнan que, apenas partiera, se retractaran de sus confesiones y lo acusaran de haberlas inventado o habйrselas impuesto con amenazas. Hablу con Juan Tizуn. Este le recordу que, aunque estaba tan afectado como йl con las cosas que ocurrнan y decidido a corregirlas, seguнa siendo uno de los directores de la Peruvian Amazon Company y no podнa ni debнa influir en los barbadenses para que se marcharan si querнan quedarse. Uno de los comisiona dos, Henry Fielgald, apoyу a Tizуn con los mismos argumentos: йl tambiйn trabajaba, en Londres, con el seсor Julio C. Arana, y, aunque exigirнa reformas profundas en los mйtodos de trabajo en la Amazonia, no podнa convertirse en liquidador de la empresa que lo empleaba. Casement tuvo la sensaciуn de que el mundo se le venнa abajo.

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